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Sí-No.

Ilustración de Clau Silva Instagram: @clauslva
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Vienen y me dicen que me gustan los extremos, extremista. Que si no es de un lado es del otro, que si no es negro es blanco, que es sí o es no, el más o menos me parece flojo. Me da igual, ni si quiera me la suda, porque no le alcanza.

Y es que si algo me fastidia es la indiferencia. Por eso a mí también me gusta caer bien o mal y nunca dar igual. Dar igual, es el gris de la vida. Y el gris es el color del no pasa nada.

Y pago con la misma moneda, cuando alguien me cae mal no se merece ni media sonrisa, a menos que la acompañe el sarcasmo. Y sí, cuando alguien me cae bien, pasa todo lo contrario e incluso sonrío nada más verlo.

Por eso es que no puedo creer en alguien que dice amar y que niega haber odiado en algún momento de su vida, que esa palabra no está en su vocabulario y demás máscaras que la gente usa para encantar y sentir que tiene las puertas abiertas del cielo. Su alma se ha salvado, aleluya.

Llegan y me cuentan que en un lado pongo una cara y del otro pongo otra, pues sí, cada uno la que creo que se merezca, la que me nazca, pero sobre todo, la que me provoque.

 

Me lo vienen a contar a mí, que me conozco mejor que nadie y lo mejor de todo, es que me lo dicen como si nunca me lo hubieran dicho antes. Exploradores de lo cotidiano, magos de lo intrínseco, paleontólogos que vienen a hincharme los huesos.

 

Mi madre cuenta que de chiquito, a la edad a la que uno prefiere no acordarse de nada, contestaba sí-no a cualquier pregunta, así, todo junto y sin lugar a interpretaciones. Tal vez intentaba guardar el equilibrio que no lograba tener con los pies. Y la insistencia de los grandes por definirme por una u otra, fue influyendo en mí. Tal vez por eso ahora me etiquetan como extremista. Y el gusto que me da que lo hagan.

A final de cuentas, la ambivalencia es parte de la esencia del ser humano, estamos llenos de negro y blanco, de sí y no, porque en los extremos también se puede encontrar equilibrio. El eje, siempre seré yo.

 

Ying-Yang, ¿te suena?

 

Quedarse en medio es jugarle al equilibrista sin razón, poner la vida en riesgo por darle al morbo el espectáculo que está buscando y para espectáculos los que nos dan todos los días nuestros dirigentes.

 

Siempre me ha gustado definirme por un bando, porque dice lo que me gusta, pero sobre todo, lo que no soy. Un queda bien por ejemplo, como a pocos les ha dado por llamarme, pocos que no me conocen y que probablemente y por su bien, no me conocerán.

Vienen y me dicen queda bien. A mí. En serio, que no tengo cara para sonreír a las cosas que no me hacen ni puta gracia, lo haya dicho quien lo haya dicho, porque nunca me ha importado el continente, sino el contenido.

A mí que cuando algo me da risa, sonrío y en una de esas hasta me rio. Cuando me da por llorar, incluso formo ríos y si se me antoja bailar, doy pena, pero lo disfruto como niño.

Porque eso sí, no voy a ser el mismo con todas las personas, eso sería hipócrita, enfermo y hasta puede dar miedo. Un maniquí, sería el indicado para esas personas que buscan que sean iguales con todos.

Me da igual que esté arriba de la cadena alimenticia, que compartamos apellido o hasta grupo sanguíneo. A las personas se les gana y se les regresa lo que se han ganado, pero también y sobre todo, lo que a uno le nace, que a la fuerza ni los zapatos.

 

Por eso si me llaman extremista, sería un título bien ganado.

 

Y eso sí, siempre seré un firme militante del depende.

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Written by Noe Silva

Publicista. Amante de la discusión. Firme militante del depende. Redactor creativo en La DobleVida. En resumen, creo que el caos es necesario.