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Paseo por el Barrio Chino 

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Hoy domingo paseaba por la Alameda Central. Ahí entre esculturas y fuentes, me hizo recordar el mural de Diego Rivera, con toda la historia de México en sus líneas.  Caminaba y encontraba mucha gente por sus veredas, la gran magia de la vida y a humanidad, la multiculturidad, los turistas, las parejas llenas de amor, los niños corriendo, los patinadores, los de la diversidad. En fin, ahí estábamos todos, bueno, todos  y cada uno de nosotros representando nuestro grupo social, nuestra etnia, nuestra orientación en la vida.

A lo lejos, la Torre Latinoamericana tocando las nubes se alzaba por encima de los árboles vetustos de la Alameda, la avenida sin automotores, en su lugar, un gran número de ciclistas recorriendo en grupos o individualmente la pista cerrada a la circulación para beneplácito de los pedaleros.

No falta quien aprovecha para arengas políticas o algún músico de concierto tocando violín y dejando su estuche en el suelo para recoger algunas monedas.

Llegando al imponente Palacio de las Bellas Artes a lo lejos observo una multitud de personas y un bullicio. Los tambores sonaban al compás y te invitaban a participar.  Me fui acercando poco a poco por la calle de Dolores.  Una gran romería con puestos para la venta de baratijas y comida de diversos sabores. Adelante los tambores seguían emitiendo sus rítmicos compases.

Ya cerca de la multitud, pude escuchar a un grupo de percusión muy rítmico, tambores y platillos a un ritmo contagioso, que se repetía sin cesar.

La gran turba coreaba las intervenciones de las percusiones.  De pronto por encima de las cabezas de todos ellos, se ve una gran serpiente voladora, de colores vivos, volando en zigzag pasando por encima de cada uno de los observadores.  Me sorprendí ante este ritual, pensé en Quetzalcoatl o Kukulcán, imaginándome que era una ceremonia religiosa en memoria del dios prehispánico. Qué hipnotizado durante unos minutos ante la repetición de la rítmica percusión y el vuelo de la serpiente. De pronto, la música paró y la serpiente estaba ahí frente a mi enroscada y mirándome, como si fuera a atacarme, como si supiera que era yo un hereje, que no era de su religión, que me encontraba solo mirando. Me llené de nervios, esperaba que alguien se me acercara para decirme algo al respecto. El tambor volvió a sonar y la serpiente volvió a volar.  La multitud se abrió y pude ver a un grupo de muchachos que con bastones atados a la gran serpiente hacían posible su vuelo, todos ellos con su uniforme y bien disciplinados, siguiendo al líder, quien portaba la cabeza del gran animal, conduciéndola a un callejón.

La música se reinició con más poder y ritmo, surgieron de pronto unos peluches enormes moviéndose al ritmo de los tambores, el ritmo era pegajoso y hacia que te movieras en tu lugar siguiendo los movimientos de estos personajes. Eran extraños, se veía una gran cabeza que se movía y grandes patas que bailaban al ritmo. Era obvio cuestionarme:

¿Qué tienen que ver estos animales con la gran serpiente voladora? ¿qué acaso Quetzalcoatl era de un grupo de grandes bestias que hacían tareas de dioses secundarios?

Pero, no recuerdo haber visto en ninguno de los vestigios mayas o aztecas a esas bestias, ahora caricaturizadas como peluches.  En un lado se encontraba colgada una lechuga que los peluches pugnaban por ella, hasta que al fin uno de ellos logro capturarla y comerla.  Pensé que eso era raro, ¿una bestia comedora de lechuga?  Pero inmediatamente se inició una serie de explosiones, cuetes, cuetones, y un sinfín de artefactos explosivos iniciaron su ignición explotando.  Decidi retirarme de ahí, antes que pudiera alcanzarme una de esas pequeñas bombas que no obstante su peligro no podrían matarme pero una quemada no es cualquier cosa y obvio… duele.

Me regrese para la Alameda Central y me fui pensando en lo peculiar de la ceremonia de la Serpiente Voladora y de las bestias de peluche bailadoras.

Por Carlos Pérez Sánchez

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