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Léeme después.

Cuando tengas tiempo.

 

No es lo mismo el robo a la donación. Aunque parezca lo contrario cuando deciden ponerle un máscara de causa social.

Lo mismo pasa con el tiempo.

Y es que nunca falta el que presume de lo que carece. Aunque todos lo hayamos hecho alguna vez. Aunque todos lo hagamos diario, de alguna manera. Pretendiendo que tenemos más tiempo del que nos podemos imaginar, porque nuestro principal problema es pretender que tenemos de más. Que por tenerlo amarrado a la muñeca puede estar a nuestra disposición. Que el mañana es seguro, que una agenda es garantía de que existe el futuro. Que sí, que nos ponemos de acuerdo para vernos el mes que viene.

Siempre existen los que parecen que intentan alcanzarlo a toda costa, a toda velocidad. Pero también existen los que parece que traen tanto en los bolsillos que les empieza a pesar. Incluso dan la impresión de que si chocas contra ellos ganan el poco que acabas de perder.

No te das cuenta que desde el momento que naces, nace contigo la cuenta regresiva. Empezamos a restar los minutos. Empezamos hablando del futuro y de la prisa por crecer. Terminamos creciendo pensando en lo que pudo haber sido y no fue.

Se nos olvida que aquí no hay tiempos extra. Que al tiempo que se ha ido no se puede regresar. Y sí, que no tenemos más que el que estamos viviendo. Porque a pesar de lo que nos hayan intentado enseñar en la escuela el único tiempo que existe es en el que se está.

Que el pretérito no existe y si se habla de amor se vuelve imperfecto. Que para llegar al gerundio se necesita decir menos y hacer más.

Porque lo que nos pasa es que echamos de menos, cuando deberíamos echar de más. Pero en el momento. No después y mucho menos antes.

 

Aquí y ahora. Hacerlo ya. Decirlo ya.

 

Que el tiempo lo manejamos nosotros sin manual. Que no hay edad perfecta para nada, ni hora, ni calendarios que nos puedan marcar. Que un círculo no siempre se cierra siguiendo la circunferencia, porque cuando urge cerrarlo también puedes echar mano de una diagonal. En una de esas hasta encontramos la manera de recargarlo en el piso. Dejarlo estático para que no pueda seguir rodando. Dejarlo ahí, para que nos vea partir. Alejarnos de a poco sin voltear a verlo si quiera.

 

Que el tiempo es relativo, esa no fue una puntada sino una genialidad. Y que no te das cuenta de esto hasta que ves diez años pasar en el mismo tiempo que una lágrima te recorre la cara. Que una hora puede durar una eternidad.

 

El tiempo es eso que creemos que nos sobra y siempre nos termina faltando.

 

Y aún así nos seguimos empeñando en dejar todo para mañana. Para la próxima semana. Para el día de tu cumpleaños.

 

Así también se nos acaban las palabras. Los reencuentros y si me apuras tantito, hasta los sentimientos.

 

Y no lo digo para que vayas más de prisa, sino todo lo contrario. Porque el tiempo se bebe, se platica y a veces hasta se contempla a la distancia, mientras camina frente a ti. El punto es que hagas de él lo que te dé la gana. Porque sí, el tiempo siempre se pierde, pero cuando se hace de manera consciente, el que termina ganando eres tú. Porque cuando vives pensando que todo acaba, es cuando las cosas terminan durando.

El punto exacto en el que te puedes adueñar del tiempo es cuando empiezas a sentir las cosas con intensidad. Todo, lo bueno, lo malo y lo regular.

 

Porque donde mandan las emociones es siempre donde suceden las cosas.

 

Es dónde se vive.

 

Es dónde se está.

Noe Silva

Publicista. Amante de la discusión. Firme militante del depende. Redactor creativo en ( anónimo ). En resumen, creo que el caos es necesario.

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