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Fletes y mudanzas.

En-cajas.

 

Pareciera rotulo de negocio. Nombre pintado en camión de carga. Albur del fácil. Que no deja de ser un juego de ida y vuelta, como cambiarse de casa, como mudarse de alma y empacar los sentimientos.

Nos da por pensar que este es un negocio exclusivo de la gente que se gana la vida cargando las cosas de los demás, como si en serio, cargar lo de los demás fuera tan exclusivo. La diferencia es que ellos lo hicieron rentable.

Pensamos que una mudanza es rápida y fácil, que sale en un día y sobre todo que cualquiera puede hacerla, hasta que nos topamos con una de frente. Y empiezas a buscar en dónde guardar las cosas que te piensas llevar, pero sobre todo, llega un momento en el que te preguntas a dónde irán a parar todas las que pretendes dejar.

Una vez dispuesto a moverte, -o porque no te quedó de otra- metes todo en-cajas y justo ahí, las cosas ante tus ojos te empiezan a contar historias, recuerdos en forma de secretos que sólo tú los puedes escuchar. Les empiezas a sonreír o decides que se van a la bolsa negra tamaño infinito.

En-cajas lo que no te querías llevar pero tampoco puedes dejar. En-cajas. Lo que no te queda más remedio que meterlo en la que dice mudanza. En-cajas. Aunque no las puedas cerrar, aunque intentes obligar a la tapa a que se quede cerrada y te la termines llevando abierta aún con el riesgo de que se caiga lo que viene dentro.

Desde las películas domingueras, hasta los bailes que nunca serías capaz de repetir. Discusiones sin sentido de los viernes en la tarde, horas perdidas haciéndote el digno.

Esa razón sin ídem que siempre estorbó más de lo que ayudó a decorar lo que en algún momento llamaste hogar. Que nunca fueron las paredes. A la mierda. Hay que deshacerse de ella y que vaya a parar al recogedor, junto al orgullo, que se rompió cuando sacaste de golpe el cajón entero del buró. Nada más para limpiar.

 

Te das cuenta que guardabas más cosas de las que eres capaz de cargar. Te encuentras con cosas que no sabes cómo llegaron ahí, ni cuando las dejaste entrar. Pero están. Y esta mudanza empieza a ser un buen pretexto no sólo para dejarlas salir, sino que además las tiras para no verlas jamás.

Volteas para todos lados como queriéndote quedar con una imagen que no volverás a ver y crees que el espacio ahora está vacío. Pero por más vacío que creas dejarlo, nunca va a quedar igual.

 

Eso sí, siempre hay alguien dispuesto a echarte una mano. La gente cree que te ayuda a cargar las cosas más pesadas, pero las más pesadas de verdad ni si quiera están a la vista de todos.

 

En algún momento cierras la puerta con una llave, que con seguridad, no volverás a ver jamás.

 

Me perdí, a qué iba. Ah sí, alguien tiene cajas que me regale.

 

Porque me mudo.

 

Otra vez.

Noe Silva

Publicista. Amante de la discusión. Firme militante del depende. Redactor creativo en ( anónimo ). En resumen, creo que el caos es necesario.