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Entre cobardes valientes.

Este artículo se lee en 4 minutos

Ayer me suicidé tres veces en menos de una hora. Hoy ya llevo dos y no va ni la mitad del día. De este último mes, mejor ni hablamos porque diario se me ha ocurrido alguna manera distinta, rápida y eficiente de hacerlo. Me imagino que eso será como el bueno, bonito y barato de cualquier servicio o producto, pero sólo supongo.

Todo esto se me ha quedado en la teoría, nunca en la práctica, por evidente que parezca tengo que decirlo. Como también debo decir que es mientras me dura el dolor de cabeza, cuando tengo el ojo cerrado y ni si quiera los gritos son capaces de aliviar el dolor. Es en ese preciso momento cuando me da por imaginar, cuál sería la mejor manera de hacerlo.

Una vez pasado el dolor, también se va esa idea de la cabeza. Digamos que me duran, entre treinta y cuarenta minutos las ganas. Y no vuelven hasta que alguien me dice, de los males el menor. O me avientan otra frase que supongo tiene la intención de convertirse en analgésico emocional, lo que no te mata te hace fuerte, tan usada que podría pasar por paracetamol.

Pero eso es a mí. Aún con todo esto, después de haberlo imaginado en primera persona, me cuesta trabajo ponerme en el lugar de los que lo hacen de verdad. Ser capaz de sentir lo que llevan dentro, ese constante pensamiento que sin darse cuenta los tiene muertos antes de estarlo del todo. Esa idea que les rodea el cuello. Acercándolos más a ese objetivo que pareciera ser su única constante. Aunque existan otras, como el dolor, o la desesperación, o nuestra ceguera frente a ellos.

Porque una cosa es aguantar y otra querer hacerlo. Que hay días que no estamos para tolerar nada, y soy incapaz de imaginar qué podría pasar si estos se convierten en un loop eterno.

Y para los que nos quedamos, lo más fácil siempre será señalar, apuntar con el dedo y llamarlos cobardes y algún rebelde habrá que los llame valientes, pero nada más. Están siempre navegando entre esos dos conceptos. Hasta ahí nuestra capacidad de entendimiento. Hasta ahí nos da la empatía. Observando siempre el continente y pocas veces, -las menos-, el contenido.

Son valientes por haberse atrevido a hacer lo que pocos. Son cobardes por no quedarse a enfrentar lo que muchos.

Y así se nos va la vida, entre cobardes valientes.

Y por dentro, que se los lleve el diablo, como nos está llevando a nosotros mientras simplificamos algo de lo que no tenemos ni la menor idea, pero creemos que la tenemos, como en casi todo.

Supongo que nunca hemos pensado que para ellos, los que se fueron, los que ya lo hicieron, el suicidio fue la opción de tener una mejor vida, por incongruente que parezca. Por paradójica que pueda ser la vida misma.

Por eso, ante un dolor, escucha y nunca digas, te entiendo. Porque no es cierto. Es que te apuesto lo que quieras a que no puedes engañarte ni a ti con tremenda frase.

Nunca sabemos lo que los demás cargan por dentro, por muy liviano que parezca su equipaje.  Ni el dolor que sientan, que bien podría ser la ausencia de algo o alguien, pero también un exceso.

Que decirles, no hay mal que por bien no venga es similar a darles una patada en los huevos.

Y que hay silencios, miradas y abrazos que sirven como analgésicos existenciales.

Sin necesidad de receta médica.

Noe Silva

Publicista. Amante de la discusión. Firme militante del depende. Redactor creativo en ( anónimo ). En resumen, creo que el caos es necesario.

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