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Cuando me cierran la boca.

Como si escribir de fútbol me fuera a dar un regreso tan glorioso como el que pareció tener la selección mexicana, como si la gente fuera a brincar al leer el punto final de este artículo hasta hacer que la tierra retiemble en su centro o incluso, como si nos fuéramos a reunir en el ángel para festejar que regresé. Se me ocurre escribir de un tema poco sonado en estos días. Nada más para poder usar las etiquetas que me van a dar mayor alcance. Es más, nada más para justificarlo, lo escribo aquí y ahora: Rusia 2018.

Debo confesar para empezar que no creí que la selección de mi país fuera a poder con el actual campeón del mundo, pero también debo decir que me encanta cuando me cierran la boca de esa manera.

Y aquí viene otra confesión, soy de las personas que prefiere esperar lo peor, que visualiza el escenario más oscuro porque así cuando llegan con la vela más pequeña se me dibuja la sonrisa más grande. En serio, sonrío.

Hace unos días me preguntaban cuál había sido la última vez que me había emocionado con la selección. Lo tengo muy claro, en Francia 98, cuando todavía me gustaba creer que los reyes magos existían, que el esfuerzo de once jugadores en la cancha podría representar el esfuerzo de todo un país en su día a día. Ese gol en los últimos segundos que dejaron a la gloriosa naranja mecánica fuera del mundial, me emocionó hasta las lágrimas. Después simplemente aprendí y como cualquier ser humano al que no le llama la atención el masoquismo, dejé de creer en ellos para evitar desilusiones, para evitar que la ilusión que se formaba durante cuatro años la rompieran en cuatro sesiones de noventa minutos.

Ahora a mi alrededor, empiezo a escuchar que la gente cree. Pero no sólo eso, sino que la gente quiere creer, que no es lo mismo.

No entiendo lo que pasa, no sé todavía si lo hacen por gusto o por necesidad. Hoy que tanta falta nos hace una válvula de escape, un algo a que asirnos, una muestra de fe, hoy la gente quiere volver a creer. En lo que sea, incluso en encuestas.

Y nunca faltan los que lo hacen por un burdo postureo, los que dicen creer, pero critican al jugador dedicado a hacer los goles, al que si no los hace, motiva a los demás a hacerlo.

Escucho un comentario que lo menos que me parece es lamentable, “Chicharito fue el que lloró más y corrió menos” seguido de una serie de insultos dignos de alguien que iba a ser un crack en el futbol, pero se chingó la rodilla, o sea, ene cantidad de mexicanos.

En mi caso fue la espalda.

Creer implica también emocionarse, como el jugador número 14 lo hizo apenas escuchar su himno en otro país, hasta las lágrimas. Lo otro es mera pose, es quedar bien, es buscar un pretexto para justificar el alcoholismo, las ganas de fiesta, todo lo que querías hacer y que necesitaste justificar con el triunfo de alguien más, eso sí, sin dejar de criticar. Porque entonces dejaríamos de ser nosotros si nos fijáramos sólo en lo bueno.

Creer implica hacerlo completo, con todo, incluida la piel de gallina.

Pero, sobre todo, hoy que tenemos el foco del mundo como país, no lo hagamos quedar mal, no tiremos a la basura lo que once cabrones pretenden levantar, pero sobre todo, no nos quememos.

Esa es la pequeña diferencia entre los países de primer mundo y los que nos alcanzamos a colar al tercer lugar nada más porque no hay un número cuatro para catalogarnos.

Los alemanes salen del estadio felicitando a sus adversarios.

Los mexicanos queman banderas. Ya sé que no todos, pero oye, eso es lo que más ruido hace. Tantita madre.

Una persona que tiene un gran alcance en redes sociales, que se siente famoso porque dice ser youtuber, simula tener relaciones con la bandera alemana mientras cubre su espalda con la mexicana. Pedazo de basura. No merece tener ninguna nacionalidad, no merece ser llamado ciudadano. Lo único que nos enseña es que la fama, nunca será lo mismo que el prestigio y que no se necesita del segundo para tener el primero.

En fin, que la selección nos hace creer de nuevo, escribir la carta a los reyes y ponerla en un globo que todos desean que por lo menos llegue a un quinto partido. Por lo menos.

Yo sigo hablando, criticando el festejo tamaño campeón del mundo, la ida al ángel, el pensar que hicieron el partido perfecto, porque no. Yo seguiré diciendo que no creo que lleguemos al quinto partido, nada más para que me cierren la boca.

 

Otra vez.

Porque cuando te la cierran así, te dejan un buen sabor.

Noe Silva

Publicista. Amante de la discusión. Firme militante del depende. Redactor creativo en ( anónimo ). En resumen, creo que el caos es necesario.