“Eres de las más guapas. Te va a ir bien”, me dijo quien organiza y quien me invitó al inframundo de las speed dates.
Sí, ese tipo de eventos donde las mujeres permanecen sentadas y platican por siete minutos con cierto número de varones en una misma noche.

Sí, como en las películas.

Sí, tal como me lo imaginaba tras escuchar la experiencia de no uno, sino tres amigos en común a quienes también habían invitado a The Matchmakers.

No obstante, en todo el proceso de invitación y sobre todo de convencimiento personal, no fue hasta que la organizadora me auguró suerte por mi físico, cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de hacer y de cómo, si fuera una feminista extremista, estaría traicionando gravemente a mis principios.

¿Acaso el “tener suerte” no sólo era conocer nuevas personas y ampliar tu círculo social (que ya es ganancia) sino tener “match” con varios de los participantes? ¿Como si ello fuera una especie de competencia?
Después me enteré que algunos de los participantes varones daban like a toda la lista de chicas para ver “cual pegaba” y medir su atractivo de acuerdo a su resultado, y me incomodaba de sobremanera el nerviosismo y ansiedad de muchas mujeres por parecer atractivas, forzando el maquillaje, vestimenta y actitud.

Lo cual, además de quitarme las ganas de vivir en un mundo donde las personas tienen formas de autoreafirmacion basadas en el match que hagan con otro al que llevan conociendo siete minutos, me recordó el universo distópico de Yorgos Lanthimos en The Lobster: filme en el que enclaustran a los solteros en una especie de cuarentena hasta que encuentran una pareja antes de convertirlos en animales, donde las discapacidades de las personas (miopía, cojera, crueldad con los otros…) son las características que amalgaman relaciones y además existe una especie de resistencia conformada por solteros rebeldes que prefieren convertirse en nómadas por los bosques antes de perder su humanidad.

Afortunadamente, no soy una feminista extremista, y tengo que aceptar que me la pasé bien en la mayoría de las pláticas (aunque me haya quedado con las ganas de darle like a la chica #10, lo cual era imposible debido a la dinámica hetero de la noche) y no sólo eso, como experimento social resulta interesante analizar de qué manera los puntos fundamentales para despertar cierta identificación con el otro resultan extremadamente superficiales: una realidad casi tan triste como el mundo de The Lobster y en la cual, si quedo soltera de por vida, preferiría ser pantera.

Sin lugar a dudas recomendaría The Matchmakers para pasar el rato, conocer a más personas y echar el trago en un ambiente romántico, pero alejaría el discurso introductorio en el que te advierten que conocerás a hombres en un estado de “vulnerabilidad” único y de cómo, dos parejas se han casado después de conocerse en una speed date: un relato mitificado casi salido de película de Disney.

Como mujer, ya no necesito esas historias… ¡Muchas gracias!

 

 

Escribe:

Montserrat Bonilla
Coleccionista de palabras, de día; coleccionista de historias, de noche. Consultora en PR y comunicación, especializada en empresas con base tecnológica. Un poco queer, un poco loca.

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