La semana pasada fui invitado al Coloquio Poder Hacer organizado por el Laboratorio para la Ciudad a platicar, junto con otras personalidades del diseño nacional, acerca del tránsito hacia el 2018, año en que nuestra ciudad será coronada como la Capital Mundial del Diseño. Entre unas quince cabezas con sus múltiples colores, texturas y tonalidades, exploramos por más de tres horas cómo a través del diseño podemos presentar a la Ciudad de México como una en la que todos jalemos juntos padelante.

Fue un gran honor haber sido convocado a tan peculiar evento, tanto que me ha motivado para abrir un nuevo capítulo en mi vida, uno que hoy hago público en mi debut en Apolorama pero más allá que esto: un intento por democratizar el diseño, que nace desde el interés por debatir ideas fuera del salón de clases y con el objetivo de hacer de esta disciplina una que nos permita ver más allá de lo evidente, que nos abra las puertas para el libre ejercicio de la creatividad, de manera que dote de sentido y agencia a quienes, de manera consciente, nos asumimos como diseñadores.

Si bien entre los asistentes a dicha mesa creo que yo era uno de los más jóvenes y probablemente el menos famoso, creo que también fui de los que menos habló. La conversación tomó su cauce de manera natural y no dejé que fluyera libremente, atento a las diferentes intervenciones de cada uno de los asistentes, escuché y tomé nota de lo que cada uno dijo de si y de sus intereses: algunos más políticos, otros más comerciales o más sociales. Hubo quien mencionó la importancia de trabajar más en equipo entre diseñadores y con otros profesionistas; más de un par externaron su preocupación por fortalecer el vínculo con la industria y otros tantos sugerimos la oportunidad de colaborar con otros sectores de la población desde una perspectiva participativa y que integre múltiples puntos de vista, mientras más mejor.

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Foto: LabCDMX

Fue sólo hasta el final de la reunión que sentí la necesidad de romper mi silencio, esperando de alguna manera contribuir al flujo de la conversación, que hasta entonces había alentando tan sólo con mis generosos silencios. Fue entonces que hablé acerca de cómo cualquier proceso de diseño participativo, mientras más personas adherentes tiene, mejor funciona. Hablé acerca de por qué creo que es importante que desde el comienzo, estos  procesos tomen en cuenta al contexto desde una perspectiva viva, histórica y geográfica y finalmente hablé acerca por qué necesitamos un sistema bien diseñado para ayudar a vincularnos con la la gente para la que trabajamos de manera sustentable, que nos permita tejer nuevas prácticas sociales, que reconozca y promueva acciones individuales mas no individualistas, para que con el tiempo convertir éstas en dinámicas sociales encaminadas al desarrollo comunitario y que sólo así podremos vivir en una verdadera ciudad creativa.

Después de mi aportación comenzamos con la ronda final en la que uno a uno expresamos nuestras conclusiones, hablamos sobre aquello que nos llevamos, sobre cómo nos coordinaremos hacia el futuro y del honor de haber sido invitado al inaudito y muy oportuno evento.

Tardé un par de días en darme cuenta de las posibles consecuencias que esto podría traer y fue hasta entonces que comencé a pensar en qué hacer al respecto. Decidí comenzar a escribir lo que siento y presiento, escribí también sobre lo que temo y lo que anhelo, lo que pienso y lo que propongo. Seguí por hacer un pequeño mapa y fue entonces que decidí que debía compartirlo, pues creo que ya es hora de que más personas oigan lo que tengo que decir. Tal vez no tengo las mejores ideas y ciertamente no las más elegantes, sin embargo, creo que de alguna manera consigo reflejar en mis palabras el sentimiento de un chingo de personas que estamos hartas del miedo que un sistema opresor como el nuestro consigue inducir en la población.

Creo que asumirnos como diseñadores, como entes creativos, nos requiere no pensar sólo en sillas, saleros y salones del mobile y en el afán por motivarnos a hacer algo al respecto es que espero que mis palabras sean escuchadas tanto como las tuyas y que mientras más personas escuchemos, mejor.

En el afán por hacer de la nuestra, una mejor ciudad, te saludo. Mi nombre es Diego Alatorre, ciclista, activista, curioso, caótico y afirmativo; doy clases en el ITAM y en la UNAM, donde además investigo cómo trabajar en equipos, ya sea por trabajo o por diversión. Creo que sólo juntos lograremos hacer de nuestra realidad social un mejor lugar. En mis tiempos libres, colaboro con OuiShare y ahora con Apolorama también.

 

Escribe:

Diego Alatorre
Profesor de diseño en la UNAM. Creativo, activo y recreativo.
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