La semana pasada mi generación enloqueció con los resultados del estudio sobre nuestro supuesto comportamiento sexual como millennials realizado por la Universidad de San Diego.

De acuerdo con dicha encuesta, nuestros símiles (hombres y mujeres nacidos entre 1980 y 1994) en Estados Unidos son más propensos a no tener parejas sexuales en comparación con sus hermanos mayores: la generación X, nacidos entre 1965 y 1979.

“Hablen por ustedes”, dijo una amiga, que si por la tecnología, dijeron otros, que si era aplicable para la sociedad mexicana, que si la pornografía… las mil causas y debates que se armaron alrededor del tema acompañaron reuniones este fin de semana.

Sin embargo, desde las primeras lecturas del tema, no dejaba de pasar por mi mente el comentario que en algún momento hizo un amigo para referirse a una de las mujeres más guapas con las que he convivido y quien fue mamá hace unos años:

“Ojalá no le hayan hecho cesárea, si no ya se chingó”.

Una frase que más allá de degradar a dicha mujer a un objeto que pierde una supuesta función, entre líneas expresa que ya no podría estar con ella en caso de que así fuera.

Independientemente si dicha encuesta es aplicable a la sociedad mexicana, una de las características principales de los millennials o del grueso de los jóvenes entre 36 y 22 años en el mundo es que somos narcisistas e idealizamos tanto al cuerpo humano que nos alejamos de disfrutar lo natural, íntimo, incluso me atrevería decir de lo humanamente “desagradable”: mucho de lo que encontramos en el sexo y relaciones de pareja.

Hemos invertido dinero, tiempo y esfuerzo en vernos mejor sin querer pensar mejor de nuestros semejantes, con quienes podríamos compartir tanto.

Leyendo varias publicaciones al respecto, llamó mi atención el reportaje redactado por ABC.es, en el que retoman la explicación de Alfredo García Garete del gabinete de psicólogos Blázquez y Garete que expresa: “Los jóvenes tienen más estímulos sin moverse de su casa. Antes, tenían mayor necesidad de explorar su sexualidad porque era síntoma de su madurez. Hoy es al revés, hay una huida de la madurez y la sexualidad puede ser un mecanismo que quieren evitar. Juegan al “Pokémon” porque así no se exponen y no sufren”.

A lo que muy amablemente respondo: “Somos tontos nada más, porque de todas maneras nos exponemos y sufrimos, sólo que amando y cogiendo menos”.

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Escribe:

Montserrat Bonilla
Coleccionista de palabras, de día; coleccionista de historias, de noche. Consultora en PR y comunicación, especializada en empresas con base tecnológica. Un poco queer, un poco loca.

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