No hay nada más emocionante para mí que asistir a un concierto de alguna banda que nunca haya tenido la oportunidad de ver en vivo antes. El año era 2008 cuando se anunció que Radiohead volvería a la Ciudad de México después de más de una década de ausencia.

El día que salieron a la venta los boletos me desperté temprano, desayuné jugo de naranja, huevos revueltos, café y Donas Bimbo. Me senté a esperar en mi computadora a que dieran las 10:30 de la mañana para poder ingresar al portal de boletos y poder comprarlos. Era tanta la demanda por ese show que los usuarios de dicha página tiraron el servidor. Para el momento que pude volver a entrar era demasiado tarde, los boletos se habían acabado.

Me puse muy triste, pensaba que ya no iba a poder ir. Esa semana recibí una llamada de un amigo que me decía que se iba de viaje y que podía tener sus boletos. La felicidad regresó. Los meses pasaron y por fin llegó el 16 de marzo del 2009. Me subí al coche y me dirigí al Palacio de los Deportes. En el camino escuchábamos la discografía de Kraftwerk, los ánimos estaban por los cielos.

Al bajarnos y acceder al recinto nos llevamos la terrible sorpresa de que había empezado a llover. Era un pequeño huracán que dictaba que mi primera experiencia viendo a Thom Yorke y compañía sería un desastre. Ya todos estábamos mojados, de mal humor, no podíamos creer la mala suerte que estábamos teniendo. Minutos después ¡pum!, mágicamente apareció el ya famoso “Sr. De Los Impermeables de Bolsa de Basura” para salvar el día. Compramos tres, nos los pusimos y pocos minutos después empezó el show de Kraftwerk.

Al finalizar volteé y me di cuenta de que mis acompañantes no estaban a mi lado; pasaban los minutos y no los encontraba. Como ya saben, el Palacio de los Deportes no tiene señal de celular durante los conciertos. Una vez más me resigné a mi destino y acepté que vería el show solo y los encontraría al terminar.

Radiohead salió al escenario y comenzó lo que puedo llamar el mejor show que he visto en mi vida. Las canciones pasaron y pasaron. Yo me iba moviendo entre la gente para acercarme al escenario y/o encontrar a mis amigos. Nada de suerte. El show estaba por terminar, la banda estaba tocando el encore cuando escuché a alguien cantando “The Bends” junto a mi, volteo ¡y son mis amigos!…Disfrutamos las últimas cinco canciones juntos, que casualmente incluían nuestras favoritas.

La moraleja de esta historia es que no importa los obstáculos a los que te enfrentes en tu vida diaria, deja que el mundo ruede y todo se va a poner en su lugar.


 

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