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Siempre pensé que el caldo de pollo estaba destinado a salvar al mundo. Quizás lo relaciono con que, en lo más íntimo de mi ser, el consomé me tranquiliza, me hace pensar con claridad, me da esperanzas en un mundo mejor. El delicioso sabor de dicha sopa -que los más puristas consideran bastante fofa y en extremo simple- me hace esbozar una sonrisa de oreja a oreja.  A la fecha, si llego a un restaurante y hay consomé de pollo, ésta siempre será mi primera opción a elegir. Y resulta que, hace unos días, me senté frente a la computadora con la intención de escribir sobre la visita del papa Francisco I a nuestro país. Tenía pensado originalmente un artículo mordaz que apuntara a la yugular de nuestro disque estado laico pero, una vez frente a las teclas y con la pantalla en blanco, debo confesar que sólo pensé en caldo de pollo.

El domingo aquel que el representante del Vaticano estuvo en el Zócalo, nos levantamos tempranito. Gleny quería verlo en vivo y, dado que vivimos a tan sólo tres cuadras de la Catedral, nos pusimos cualquier cosa y partimos tranquilamente hacia la Plaza de la Constitución.

Debo decir que todo fue muy tranquilo, excesivamente tranquilo. Sobre la calle del Cinco de Mayo, cerrada a la circulación de los autos, decenas de personas repartían comida a los feligreses: sándwiches, chocolates, galletas, jugo, botellas de agua. Eran tan cordiales que hasta me animé a prepararme un café -sencillito, soluble y con harto azúcar- y seguimos caminando hasta toparnos con el retén de la policía.

Tras una inspección general y una segunda revisión pasos adelante, entramos al laberinto humano levantado en razón del evento, donde al menos diez mil personas esperaban a Francisco. Por alguna extraña razón, nos hicieron avanzar hasta el lugar menos concurrido, justo a unos pasos del asta bandera.

Y ahí estuvimos un rato, escuchando de vez en vez las vivas de las personas de las gradas que, emocionadas, clamaban porque su pastor saliera a saludarles. Y nosotros seguíamos en vivo (a través de las redes sociales) la cobertura que algunos medios dieron al evento. Decían que el Zócalo estaba vacío, que ya nadie cree en esas cosas, que a nadie le importaba el Papa…

Yo no sé… pero yo veía miles de personas. Eso sí: muy ordenaditas…

Y la orquesta que tocaba dejó de hacerlo cuando el presidente de la República comenzó su discurso en medio de la crema y nata de nuestra escoria política y de uno que otro “invitado de honor”. Sendos chiflidos y abucheos se ganó don Enrique por parte de la multitud asoleada, que sólo deseaba escuchar al pontífice y que aplaudió con vehemencia cuando el mandatario hubo terminado su interminable speach. Y entonces escuchamos a un hombre que, fuera de las implicaciones políticas que se quieran achacar a su cargo, habló fuerte y claro de las responsabilidades de la clase política mexicana en el desmadrito de país que tenemos.

Evidentemente, la clase política no se dio por aludida…

Cuando Francisco por fin salió del Palacio Nacional (luego de haber estrechado las manos de todos esos figurines), la multitud enloqueció.

Sí, ya sé: cada vez que viene un Papa la gente se pone loca (a mí me tocó presenciar al menos cinco visitas de JuanPabloSegundoTeQuiereTodoElMundo), pero este señor se tomó al menos la molestia de pedir que bajaran la velocidad al auto para salir en las fotos. Luego, nuestro flamante, acertado, inteligente y laico Jefe de Gobierno le entregó las llaves de la ciudad. #EsSarcasmo

Como el evento había prácticamente terminado para nosotros, caminamos hacia el final del laberinto y, como tantas otras almas más, partimos por las estrechas y vigiladas salidas rumbo a la casa.

A mí, dos cosas me quedaron claras con la visita del Papa: la primera, que fue una bendición vivir en el epicentro del temblor, dado que los verdaderos afectados fueron, esta vez, quienes viven en la zona sur de la ciudad y a quienes les tocó vivir el caos día y noche durante una semana. A nosotros nos cerraron la calle, pero si mencionábamos a los policías que vivíamos ahí, tranquilamente nos dejaban pasar.

La segunda: me di cuenta que, pese a mi muy personal anticlericalismo liberal decimonónico, a mucha gente le hizo sentir bien que ese señor viniera. Representa -para ellos- algo que difícilmente podemos entender los no-católicos: una esperanza en que las cosas pueden cambiar.

A mí esa esperanza me la da el caldo de pollo, el ronroneo de mis gatos, la sonrisa de mi mujer, las risas de mis alumnos, el abrazo de mis amigos y mi familia, la voz de mi madre y esa maravillosa sensación de poder cuando aparece en la pantalla el logotipo de Netflix. Hay gente que necesita santos, vírgenes, palabras de paz, la sonrisa del Papa y el consuelo de que su Dios está presente y les espera algo mejor en otra parte.

Es totalmente respetable. Y entendible.

Sería bueno que comenzaremos a respetar al otro…

Así que, dichas estas palabras, me dispongo a comer un rico consomé de pollo a sabiendas de que, para la mayoría de la gente, es infinitamente superior la sopa de fideos.

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Escribe:

Polo Silberman
Historiador especializado en política y milicia en México en el siglo XIX, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor, conferencista y trendexpert. Tiene un hermoso gato gris de nombre Gedovius y uno más, negro y bello como la noche, de nombre Poe. Es 100% Géminis, adicto al café y a la cocacola y vive en el Centro Histórico con la mujer de su vida. Es el director editorial de APOLORAMA.

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