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En el elevador me topé con un vecino del sexto piso, un viejito que tiene un perro simpático y feito llamado Limantour.

—Qué nombre tan original—espeté al tiempo que acariciaba al susodicho.

—Se llama así por don Pepe Yvis—me dijo con orgullo mientras pulsaba el número y sonreía. La campana anunció que habíamos llegado a la planta baja.

—¿Sí sabe quién fue Limantour, verdad?—preguntó el vecino cediéndome el paso. Lo noté tan entusiasmado que me dieron ganas de hacerme el ignorante y lo dejé que me narrara la versión resumida de la vida del que fuera ministro de Hacienda de Porfirio Díaz.

Don Limantour (así le digo al viejito, pues no sé su nombre) es un hombre amable, como casi todos los que viven en este edificio. Orgulloso de haberme cultivado con su sapiencia porfiriana, abrazó a su perrito y se despidió de mi. Me lo encuentro de vez en cuando aquí o en la calle o en la panadería que está a media cuadra.

Sentada afuera de la panadería y ataviada con un rebozo que le cubre la cabeza y unos lentes oscuros de mosca, la señora que vende chicles me sonríe todos los días. Alguna vez conversamos después de que me vio tomándole fotos a la casa de Santa Anna.

—Pssst, psssst… Tóqueles. Toque fuerte. Ahí dentro está un señor güero que seguro es el dueño. Están remodelando…

La verdad nunca le he comprado chicles, pues no me gustan; otro gallo cantaría si en su lugar vendiera chocolates o gomitas pero… pero a ella no le importa: siempre que paso, nos regalamos una extendida sonrisa de oreja a oreja como si fuéramos conocidos de toda la vida.

Frente a la Asamblea de Representantes hay una juguería. Debo confesar que siempre tuve el sueño guajiro con vivir cerca de un local de jugos y licuados. Es un tierno recuerdo de aquellas veces que viajábamos a Irapuato y caminábamos desde la casa de mi tía Genoveva hasta el mercado, pedíamos sendos licuados de fresa o chocomilk y regresábamos con la barriga llena y el corazón contento. Ahora que tengo la fortuna de estar a tan sólo dos calles de este local (icónicamente llamado Valle del Paraíso) busco cualquier pretexto para comprar un jugo.

—¿Te sientes mal? Te traigo un jugo.

—¿Te duele la garganta? Te traigo un jugo.

—Ah, ¡qué calor! ¿Tienes sed? Te traigo un jugo.

El chico y las chicas de los jugos ya me conocen. Incluso creo que adivinan qué es lo que quiero, más no se atreven a decirlo. Tienen tantas opciones a elegir que me siento un poco como en Starbucks, sólo que más barato y bastante más sano. Creo sin duda que el trío dinámico está amasando una enorme fortuna pues el local permanece atascado de 6 a 10 y de lunes a domingo. También hacen sandwiches, pero esos no los he probado.

Chiqui, la perrita del señor del puesto de periódicos de la esquina de Bolívar y 5 de mayo siempre permanece quietecita sobre una silla desvencijada de oficina. Se ve que el mister la adora, pues la tapa con una cobija rosa de molletón así estemos a 20 grados de temperatura.

—Es que es muy friolenta— le dice a todo el mundo mientras le acaricia las orejas. A veces Chiqui se baja de la silla, observa a la gente, la huele, le mueve la cola. Camina uno o dos pasos, olisquea los postes de la estación de bicicletas o se sienta al lado del bolero, más nunca se aleja a más de cinco metros de su dueño. Nosotros siempre la chuleamos como las tías chulean a los sobrinos: es la perrita que no tenemos en este hogar donde sólo hay sitio para gatos.

Cuando cae la noche, el señor periodiquero mete a Chiqui a su jaula y camina hacia el metro Allende. No sabemos donde viven, pero estamos seguros de que al día siguiente los veremos en su esquina, charlando el uno con todo aquel que pasa, vigilando la otra desde lo alto de su fortaleza.

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Escribe:

Polo Silberman
Historiador especializado en política y milicia en México en el siglo XIX, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor, conferencista y trendexpert. Tiene un hermoso gato gris de nombre Gedovius y uno más, negro y bello como la noche, de nombre Poe. Es 100% Géminis, adicto al café y a la cocacola y vive en el Centro Histórico con la mujer de su vida. Es el director editorial de APOLORAMA.

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