Detesto la vulgaridad de tu imagen, detesto como te arrastras por la cafetería, detesto tus gritos como aullidos, gastas oxígeno como si los demás no lo necesitáramos, me revuelve el estómago que escribas “prollecto” y creas que sabes reflexionar más que los que están a tu alrededor, es impresionante que aún te quejas cuando se te descubre en el engaño, en el hurto, en la falsificación. Tu madre te protege como si fueras un animal indefenso solo para crear un vulgar engendro de estupideces. Odio que me citen a reuniones a las que siempre llegas tarde, que empieces muy seguro diciendo que la puntualidad es la parte esencial de la institución, por favor si esos casi humanos no se hacen responsables por ser adultos, yo no seré quien los persiga, ni quien los obligue a serlo, si en sus casas sus padres los olvidan, los dejan a que los eduque la televisión o los chismes de internet, ya no es mi problema, es impresionante como después estos padres se sorprenden con tu falta de neuronas, para posteriormente por culpa solo dedicarse sobreprotegerte a sobreproteger esa mente corroída por la vulgaridad de la humanidad, yo no lucharé por salvarlos a esos engendros, hay que dejar que se ahoguen y no vuelvan a interferir con la vida del resto de los que no nos quedamos dormidos en las películas, de los que si disfrutamos de ver una exposición, de los que escuchamos música no sólo para drogarnos hasta perder la razón.

Toda la serie en Los hijos que nunca tuve

Bruno Bresani

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