COLUMNA ROTA

Bruno Bresani

La mente esta vacía ante las divagaciones, la muerte es siempre una opción, la desaparición es una meta, el vomito llega sin avisar. Ayer baje del auto sin control de mi organismo, vomite todo de un color naranja, un naranja que llenaba todo el pavimento gris de colores brillantes, estoy con los ojos hinchados y harto de que mis tías me lean y se sorprendan de mi afición a desaparecer. ¿Qué no recuerdan las cajas del rico rivotril que me tome? Por cierto necesito que alguien me las surta nuevamente ¿Qué no recuerdan cómo desaparecí dos semanas? Los colores eran más brillantes al regresar, la sensación en los pies era impresionante, sentía cada piedra del parque, cada desviación del camino. Aún recuerdo al psiquiatra preguntándome ¿por qué lo había intentado? Solo voltee a ver su escritorio, sus retratos de familia, su vida “perfecta” y le dije que por qué no quería la mentira en la que él vivía, que me repugnaba su hipocresía, que no quería navegar en los vomitos del autoengaño. A mis dos tías les recuerdo que estoy lejos, como toda la vida lo he estado, que estoy cubierto de sueño, de asco, que ya no quiero saber, que estoy cansado de respirar, que me ahogo comúnmente, eso por cierto es herencia de la parte materna. Les solicitó que no castren las voces de la discordancia y sigan disfrutando sus vidas coherentes y satisfactorias.

Toda la serie en Los Hijos que nunca tuve 

 

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