ajolote5Julio Cortázar era un genio por muchas razones. Yo lo supe cuando me topé con el cuento del ajolote, pues el texto está tan bien construido que produce en el lector la sensación de ser abducido por la fantasía­.

La historia trata de un escritor obsesionado con los ajolotes del acuario ubicado en Jardin des Plantes, en Paris. Todos los días acude a observarlos, maravillado por sus miradas de oro y sus manecitas casi humanas, que lo hacen pensar que no son animales sino una criatura capaz de razonar, con la que puede tener una especie de complicidad. Es tanta la fascinación por su apariencia traslúcida que de repente se halla en el cuerpo del ajolote, con la nariz pegada a la pecera, observando al hombre que a su vez lo contempla. Y ahí, entre dos figuras separadas por un cristal, queda la esperanza de imaginar que quizás aquel de labios apretados escribe “creyendo imaginar un cuento sobre los axolotl.”

El lector queda tan desconcertado como el escritor, pero también el propio ajolote se hace presente: adquiere voz sin pronunciar una sola palabra. Y así, tal y como Cortázar describe al escritor que protagoniza la historia, comencé a investigar de esta criatura que ha cautivado a todo tipo de perfiles.

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También yo quedé pasmada: los ajolotes son de esos animales tan feos que son bonitos (como los perros pug, por ejemplo). Tienen una cara triangular, ojitos como alfileres y una boca curva que hace suponer a quien los mira que siempre están sonriendo. Por lo tanto son simpáticos desde la primera impresión. Conocidos como peces caminantes, tienen 4 deditos en sus manos y 5 en los pies, a los que sólo les faltan uñas para ser perfectos. También poseen dientes, una cola y costillas muy marcadas. Alrededor de su cabeza tienen unos cuernitos coquetos, que en realidad son branquias que les permiten respirar. Los hay pardos o albinos, e incluso pecosos.

Es un animal prehispánico al que se le atribuía un buen sabor y propiedades curativas. Las leyendas aztecas hablan de un momento clave durante el quinto sol en el que el universo se paralizó. Los dioses, preocupados, tomaron la decisión de suicidarse como medida desesperada para reactivar el orden del cosmos. Sin embargo, el dios Xólotl (hermano de Quetzalcóatl) se opuso, seguro como estaba que el sacrificio no haría girar al sol y a la luna de nuevo. Entonces utilizó su poder de transformación para huir, motivo que le valdría ser conocido para siempre como “el dios que le teme a la muerte”.

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De alguna manera esto es tan atinado que incluso, a pesar de que podrían llegar a ser algo así como una salamandra, se mantienen en estado larvario toda su vida, como si se negaran a ser grandes, pagar impuestos y tener responsabilidades.

Este animalito es una especie en peligro de extinción, debido a la contaminado de su hábitat natural o a que hay quien los utiliza para hacer jarabe de ajolote (¿cómo se hace algo así?¿De verdad hay quien se anime a moler un animal con sonrisa perpetua?). Esto debido a su capacidad regenerativa natural: si por alguna razón pierden una parte del cuerpo, ésta les vuelve a crecer, incluso cuando se trata de un pedazo del cerebro. De manera que ya hay estudios que buscan comprender la genética del ajolote para intentar ayudar al ser humano en enfermedades degenerativas como el Alzheimer.

Lamentablemente los censos de ajolotes en su ecosistema natural son desalentadores y hoy se reproducen más en cautiverio que en cualquier otro lado. Quiero pensar que mientras más sepamos de su existencia y nos enamoremos de su parsimoniosa mirada sin párpados, más fácil será conservarlos. ¡Larga vida al ajolote y sus secretos!

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Aunque claro, la fantasía continúa indomable. En esos terrenos seguro nadará decididamente para llevar lejos su silueta de fantasma. De nueva cuenta podrá transformarse y recomenzar.

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Escribe:

Anabel Casillas
Mechuda. Escritora. Lectora voraz. Sigue hormigas y lee cuentos con dibujos. Nerudea. Alada y coqueta. Excéntrica, rara, estrambótica: muy a la Anabelé.

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