Un cuento en mundo de “Los Pecados de la Familia Montejo”

Julio Montejo rompió el carboncillo que tenía en su manos.

Los trazos que había dejado sobre el papel eran burdos, apenas se adivinaba en ellos el Hércules desnudo que había intentado representar, pero estaba distraído por el modelo que tenía frente a él; pues su desnudez lo había puesto nervioso.  Su corazón le latía sin control, y le temblaba la mano.

—Toma, puedes tomar uno de los míos — dijo una voz a su lado.

Julio se extrañó, ninguno de los compañeros de su clase le habían prestado atención, estaba seguro que lo consideraban un catrín aburrido tratando de llenar el tiempo con clases de pintura.  De todas maneras se volvió hacia la voz y se encontró con dos ojos encendidos y labios gruesos.

— Gra … gracias  — dijo Julio, y tomó el carboncillo en sus manos, pero tampoco pudo concentrarse en sus bocetos; a veces los brazos eran muy gruesos, otras veces no había proporción entre la cabeza y la forma del cuerpo; y en el último no supo armar la estructura de los huesos.

Tras los incesantes regaños del profesor,  Julio salió a la calle, desanimado, con la creencia de que entrar a la Academia de San Carlos había sido el peor error de toda su vida. Tanto le había rogado a su padre, contra los designios de su madre, que ahora veía el error de intentar ser un artista. Tal vez su hermano mayor había tenido razón después de todo: “lo mejor sería que buscaras una carrera de provecho que pueda mantener a tu esposa y a tus hijos.”

Lo rodeó el polvo de la calle,  de los humores pestilentes que recorrían verdosos la Ciudad de México. Suspiró, cansado, harto, con un nudo en la garganta que parecía estar rodeado de espinas y que le hizo brotar una lágrima. Nunca se había sentido tan derrotado en la vida.

Caminó de regreso a la casa, arrastrando los pies en la mugre, y su orgullo en la tierra. Llevaba un montón de papeles bajo el brazo y su estuche lleno de lápices, carboncillos y pinceles sucios. No quería llegar a su casa y que su madre le preguntara: ¿Hoy qué aprendiste?; porque no tendría qué decirle. Beatriz Montejo era una mujer dura, llena de veneno, y Julio había aprendido hacía mucho tiempo, que no importaba que llegara ante ella con un triunfo o un fracaso, ella se encargaría de hacerlo menos y decirle que estaba rompiendo alguna regla de Dios o del Manual de Carreño.

Cuando estaba a una cuadra de llegar a la suya, se dio cuenta que había unos pasos que lo habían seguido desde la Academia, siempre constantes detrás de él, y una vez más se volvió para encontrarse esos ojos vibrantes tan llenos de vida, y un cabello encendido en rojo.

Le pareció tan guapo que se quedó sin habla.

— Perdona, dejaste tu cuaderno en el salón, y pensé que lo echarías en falta.

— Gra… gracias — dijo Julio una vez más y lo tomó consigo.

— ¿Sabes? Te he visto en casi todas mis clases y me he dado cuenta que eres medio tímido.  Como que no tienes muchos amigos, y no te reúnes mucho con nosotros.

— Sí, un poco. No es fácil hacer amigos, pero bueno no estamos ahí para socializar, sino para aprender.

— ¿Siempre eres tan serio? — se burló el pelirrojo.

— ¿Yo? ¿Serio?

— Ah, y yo también me puse nervioso con el modelo desnudo. Digo, no ciego… y la mente no está muerta, sino que a veces parece tener vida propia.

Julio apretó los labios y suspiró. Sonrojado, quise aparentar que se había enojado con él.

— Me confunde usted, señor; buenas tardes — respondió el Montejo, y siguió caminando por la calle, y justo cuando estaba por llegar la Casona en la que vivía, sintió que le tocaban el hombro, y cuando se volvió para quién era, sintió los cálidos labios del pelirrojo posarse sobre los suyos, como si por un momento quisiera apropiarse de su aliento.

— Por cierto, me llamo Arturo de la Garza. Buenas tardes, para ti también.

Julio Montejo, parpadeó un par de veces, y dejó que sus ojos verdes se llenaran de sol, se revolvió el peinado negro y penetró en la Casona Montejo, tan solo para descubrir que mientras su compañero de clase lo había besado, todas las velas de la sala y el comedor se habían prendido de repente y Petrona, la criada de la casa corría por todos lados tratando de apagarlas. Como sabía que su padre estaba en la hacienda administrando quién sabe qué cosas, fue hasta el despacho para saludar a su madre. La encontró dura, y seria, leyendo su Biblia con unos lentes dorados.

Fue hasta ella y le dio un beso en la mejilla.

— Mamá, ya estoy aquí, podemos comer cuando usted quiera.

— No, vamos a comer cuando Dios quiera. Además estoy esperando a que venga doña Lorena de Mijares, quiero que conozcas a su hija. Y estamos esperando a que llegue la criada del mercado, que mañana quiero hacer el pastel de chocolate que no te gusta.

— Sí, mamá, Lo que usted diga.

— Nada de lo que usted diga, súbete a cambiar para estar presentable y luego bajas para que te arregle la levita y te sacuda el polvo. Órale, que no tenemos todo el día.

Como siempre, Julio Montejo la obedeció, pero mientras se iba desnudado, descubrió que algo había cambiado en su cuerpo con aquel beso, el primero de toda su vida. Su piel se sentía caliente, hervía en fiebre, pero no se sentía mal. Además, cada vez que se acercaba a alguna vela, algún fenómeno pirotécnico inexplicable hacía que ésta se prendiera, y no pudiera apagarse. Maldijo a Arturo por haberlo besado, y se dejó caer en la cama.

¿Sodomita yo? Si soy buen católico, pensó el joven y contempló su cuerpo, su abdomen, sus brazos, sus muslos, sus piernas; se sentía sensual, y ansiaba ser tocado. Se dibujada la juventud en su piel, trazos de carne virgen hirviendo en la juventud de su masculinidad. Efervecía de calor,  por un momento se imaginó el cuerpo pesado de Arturo sobre él, y al abrir los ojos contempló la nada, el polvo y la fantasía al deshacerse.

Sin comprender qué le esta pasando, se vistió con su mejor levita y bajó a la sala. Su cuerpo hervía,  lamentó no tener un abanico para refrescarse un poco, así que concentró su mente en la pintura que su padre había colgado sobre la chimenea: un bodegón mal pintado donde un conejo muerto era el actor principal de un macabro pictórico.

Después de algunos minutos apareció su madre, cual figura de piedra que ni el viento y la lluvia hubieran podido destruir. Acariciaba la efigie de su bastón con soberana malicia, y entrecerraba los ojos mientras recorría cada uno de los adornos de su casa, esperando que ningún átomo estuviera fuera de lugar.

Julio se acercó a una vela cercana para apagarla, pero ésta volvió a prenderse.

— Como se gasten mis velas por tu culpa, a ver cómo me compras otras. ¿Me oíste? Y arréglate bien esa camisa que ya van a llegar nuestros invitados.

Julio no pudo sostenerle la mirada a su madre, y bajó la cabeza, obedeciéndola. Tragó saliva y volvió a sentarse.

Minutos después llegó doña Lorena de Mijares, de figura redonda, y cachetes flácidos, acompañada de su hija, una pequeña porcelana pálida del mismo nombre.

Una vez que se hubieron hecho las respectivas presentaciones, pasaron los cuatro a comer… sopa de fideos y un filete de res cubierto una salsa dulzona.

La plática estuvo enfocada, por supuesto en el actual gobierno del General Manuel González; que si no era tan popular, que si se robaba hasta los saleros, que si era un títere impuesto por Don Porfirio Díaz (actual gobernador de Oaxaca). Lorenita apenas levantaba la mirada para ver a Julio, y sonreír tímida porque le parecía muy guapo, pero no era capaz de expresar una opinión, mientras el joven Montejo hacía hasta lo imposible por calmar el calor que se acumulaba dentro de él. Tomó agua, se abanicó con la servilleta, y hasta pidió permiso para abrir las ventanas… pero la figura ardiente de Arturo seguía creciendo, cada vez más interesante, supremo…  se dibujaba perfecto en su memoria, desde su aliento hasta la voz.

Al terminar, Beatriz Montejo hizo a un lado la servilleta y se levantó con ayuda de su bastón.

— Venga, Doña Lorena, dejemos a estos jóvenes solos para que se conozcan, en lo que tú y yo planeamos la fecha de la boda.

Y así fue como Julio y Lorenita se quedaron solos, en la mesa del comedor, acumulando silencios incómodos. Apenas un diálogo superficial sobre las figuritas de porcelana que juntaban polvo en la vitrina, o la araña de cristal que colgaba sobre ellos. Finalmente fue Julio el que, en un momento de inusual valentía, le preguntó si en verdad quería casarse con él.

— Puedes decirme la verdad, no se la diré a tu madre.

Ella dudó antes de mover la cabeza.

— Y si no quieres casarte conmigo, ¿qué haces aquí? – preguntó él.

— Mi mamá dice que no puedo casarme con mi novio, que nuestras familias están peleadas.

Justo cuando Julio estaba por responderle, apareció su madre en la entrada del comedor con el anuncio de la boda que estaba prevista en 6 meses, y que solo hacía falta que Carlos Montejo, patriarca de la familia, diera su consentimiento para empezar con los preparativos; los jóvenes aceptaron a regañadientes.

Con la excusa de tener que presentar una tarea muy larga, Julio se escapó toda la tarde a su cuarto, aunque la verdad es que no pudo ni pintar ni dibujar. No tenía ganas de continuar con el retrato de su madre que estaba preparando, ni de ordenar sus lápices como hacía todos los días. El calor no le permitía concentrarse, se desnudó por completo y se recostó en la cama con los ojos bien abiertos. Las fantasías volvieron a fluir, intensas, sofocantes, los vidrios sudaron, los relojes alentaron su marcha, las velas de la casa crepitaron… ¿Podría calmar sus ansías él mismo?

Fue la primera vez que se descubrió materia, de carne y hueso. Sus manos nunca había explorado de esa forma su cuerpo, ni la forma de sus brazos, ni su pecho lleno de juventud. Bajo por su pelvis.. como si sus manos no fueran suyas, choques de electricidad, momentos de pecado, echó la cabeza hacia atrás mientras llegaba a su sexo. Pronto descubrió que cuando los sentimientos toman el control, uno deja de ser consciente de la carne y el tiempo; cierra los ojos y se confiesa capaz de controlar las estrellas a través de ejercicios de respiración.

Una energía fría que no conocía le tocó el rostro, y bajó por su pecho directamente al centro de su ser. De un momento a otro tuvo la posibilidad de convertirse en un volcán ardiente, un torrente de placer que apagó, momentáneamente, los carbones de su piel.

Después de la cena, Julio decidió que dormiría desnudo… solo en caso de que el recuerdo del beso de Arturo volviera a encender su piel.

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Escribe:

Pedro Fernandez
Guionista de @ElSexoDebil, autor de 'Los Pecados de la Familia Montejo'. Culpable de @DonPorfirioDiaz.

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