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Nadie sabe quién es ni de dónde vino. Dicen que simplemente apareció, enfundado en su negra capa, entre las sombras proyectadas por los faroles en el callejón de la Condesa. Los músicos se hicieron a un lado al verlo pasar. La música se detuvo súbitamente. Batman los miró con desprecio y siguió su camino hasta detenerse en la calle de Madero. Subió los escalones del edificio Guardiola y ahí, desde las alturas del edificio art decó, comenzó su labor de vigilancia.

Me lo encontré en una ocasión: charlaba -debiera decir discutía- con Miguel Hidalgo y Costilla. El padre de la Patria movía las manos velozmente y señalaba a uno y otro lado. No alcancé a escuchar la conversación, más el semblante desencajado del cura de Dolores me hizo percatarme de una cosa: Batman ganó la contienda. El rostro impávido, inexpresivo; la mirada fija y penetrante. Hidalgo tomó su estandarte y caminó hacia el poniente con el sol del atardecer golpeando su rostro. Días después, el sacerdote ya se había instalado en las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes y desde la esquina de Juárez y el Eje Central arengaba a sus tropas.

Con una corte de minions, Batman deambula por Madero. Ha dejado de lado la noche para controlar su zona a lo largo de todo el día. Hay quien dice que en realidad no es uno, sino varios. Hay quien asegura que en realidad sí es un millonario, quizás el dueño de la Torre Latino o de la Casa de los Azulejos. Que emula al vigilante nocturno de Ciudad Gótica porque de pequeño perdió a sus padres en una visita a La Lagunilla.

Su trabajador padre, un abarrotero inmigrante, llegado a mediados de siglo de la Madre Patria. Su madre, una hipocondriaca mujer que dedicaba sus tardes a rezar novenas y quejarse de sus múltiples males. Fueron al mercado de los disfraces a comprarle uno de Superman para su fiesta de ocho años. Su madre insistía en que de charro se vería más guapetón. Su padre quería verlo lucir la capa de Santo, el Enmascarado de Plata. Pero él quería ser como Superman. Quería ser fuerte. Poderoso. Quería volar y usar capa.

Se estacionaron cerca del mercado de muebles. Su padre se negó a darle propina al viene viene. Su madre se quejaba de una jaqueca terrible. Él caminaba embobado comiéndose su mango con chile hasta que fueron sorprendidos por la banda del Jaibo que, cerrándoles el paso, les arrebató el bolso de la madre. Segundos pasaron antes de escucharse la descarga del arma. Él no entendía lo que pasaba. Sólo se vio a si mismo llorando ante los cadáveres de sus progenitores, con el rostro bañado en lágrimas y embarrado de chile. Su mango rodó por el piso hasta cubrirse de sangre. De la sangre de sus padres.

Rodó de casa en casa y de familia en familia. Sus tíos, ambiciosos, se quedaron con el negocio paterno y se turnaban para cuidarlo. Finalmente se quedó con Alfredo, el encargado de la tienda, quién lo procuró como a un hijo y le enseñó lo poco del comercio que había aprendido de su antiguo patrón.

-Un vampiro- gritó uno de los muchachos de la vecindad en la que vivía con Alfredo, al notar la presencia de un murciélago en una de las vigas del techo. Vamos a agarrarlo, gritaban los chamacos con júbilo mientras lanzaban piedras, latas y demás objetos al asustado animal.
-Déjenlo en paz, señaló él con firmeza. Es mío.

Alfredo le compró una jaula y mantuvo al murciélago en casa, cual loro comprado en el mercado de Sonora.

Él odiaba a la gente y más la odió cuando Alfredo murió atropellado por un pesero en San Juan de Letrán. Desde los escalones del Banco de México presenció con tristeza como el SEMEFO levantaba el cadáver aplastado de aquel a quien consideraba un padre. A partir de ese día, regresó todas las tardes a esa esquina a meditar, a pensar en lo asquerosa que era la vida.

Años después, harto de la tienda y de vivir en las cercanías de la Lagunilla, vendió todo. Julián, uno de los chamacos de la vecindad, se ganaba la vida disfrazado de Superman, con todo y rizo en la frente. Lo invitó a disfrazarse. Lo llevó con la señora que hacía los disfraces. La señora regordeta le enseñó los que tenía y las fotos de los que había hecho. Trataron de convencerlo de ser Thor: estaba de moda y era güero, como él. Pero nada lo hizo desistir de su idea de ser Batman.

Una noche se enfundó el traje y caminó hasta Madero. Era de pocas palabras. Se tomaba en serio su papel, decía. Pero en realidad estaba dispuesto a todo con tal de controlar ese territorio. No hay decisión que él no tome ni locatario que no lo respete. No hay botarga que camine, se siente o respire sin haberle pedido permiso y, evidentemente, pagado una cuota.


Comenzó así su largo reinado…

Escribe:

Polo Silberman
Historiador especializado en política y milicia en México en el siglo XIX, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor, conferencista y trendexpert. Tiene un hermoso gato gris de nombre Gedovius y uno más, negro y bello como la noche, de nombre Poe. Es 100% Géminis, adicto al café y a la cocacola y vive en el Centro Histórico con la mujer de su vida. Es el director editorial de APOLORAMA.

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