“Las cosas tienen vida propia- pregonaba el gitano con áspero acento- todo es cuestión de despertarles el ánima”.

-Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Alguien me dijo que los grandes amores exigen trágicas despedidas. Vaya condena… pareciera que el precio de la felicidad es cargar a cuestas con los recuerdos que alguna vez nos hicieron sentir vivos: las cartas, las fotos, las prendas, los apodos cariñosos, los lugares, los símbolos.

Nada es más doloroso que una separación. Por eso berreamos con películas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y Summer quedó para siempre en la historia del cine como una de las más grandes perras, sin importar el cúmulo de optimistas que tratan de redimirla con el argumento de su honestidad.

Toda relación que termina implica un inventario: el último soplo a las cenizas. Cada quien escoge su ritual de liberación, sea una hoguera, una bolsa de basura, el arrebato de lanzar indiscriminadamente los recuerdos por el periférico o cualquier opción que resulte menos agresiva, pero igualmente definitiva. Sin embargo, hay objetos que se vuelven tan significativos que sobreviven a la sepultura.

La exposición itinerante del Museo de las Relaciones Rotas nace como una opción para cauterizar las heridas a través de un homenaje póstumo. El ejercicio resulta terapéutico y liberador, pues se trata de contar la historia, darle una dirección al amor que no encuentra sosiego y aceptar la pérdida para recomenzar.

No sé dónde poner esto, aquí finalmente encuentra un lugar y yo puedo seguir adelante– se lee en varios de los textos que acompañan a la exhibición que se encuentra en el Museo del Objeto de la Colonia Roma. Y así, el recorrido incluye anillos de compromiso, dibujos, audios, muñecos, fotografías sin revelar. Mil grullas de papel que penden como tributo al perdón que no duró. El puente al que alguien jamás podrá sentir indiferente después de los besos. Los guantes de colores que presagiaron la infidelidad que consumió todo.

Y las frases: los espacios de transición que llevan de una sala a otra están decorados con palabras que enternecen como “nos rompimos el corazón de mutuo acuerdo” o “es momento de cerrar el ciclo”. Algunas hablan de agradecimiento, unas cuantas de convicción y otras de nostalgia, pero todas impiden que el visitante se desconecte por un segundo de los múltiples duelos ahí latentes.

Tal vez a las penas amorosas las cure el tiempo, pero la exposición demuestra que compartir el dolor fortalece. La empatía que provoca esta propuesta viene quizás de dilucidar en los relatos ajenos pedacitos de la propia experiencia que conminan a la solidaridad: a todos nos pudo haber ocurrido la misma historia y con ella un proceso similar de destrucción. Tal es el poder sanador del arte.

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La exposición podría no ser apta para recién dejados o desconsolados reincidentes, pero más que un sendero lacrimógeno es una bocanada de aire para quien se asfixia con recuerdos. Es cerrar puertas sin necesidad de tragarse la llave, porque cuando el sentimiento halla un espacio de reconciliación no hacen falta más salidas.

“Adiós, mi vida, hasta pronto. Desde aquí me toca a mí”.

Esta es la última semana de la exposición que permanece abierta al público de miércoles a domingo, en un horario de 10 a 18 horas, en el Museo del Objeto (Colima 145, Colonia Roma, Ciudad de México).

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Escribe:

Anabel Casillas
Mechuda. Escritora. Lectora voraz. Sigue hormigas y lee cuentos con dibujos. Nerudea. Alada y coqueta. Excéntrica, rara, estrambótica: muy a la Anabelé.

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