Foto por Polo Silberman

Foto por Polo Silberman

El pavimento en ciertos cruces de la calle de Amsterdam -de los muchos que tiene- está deteriorado. Deteriorado como en casi todas las calles en la Condesa y en la ciudad; parchado a más no poder, con baches aquí y allá, con múltiples capas de materiales y coladeras salidas. Los botes de basura en ocasiones se desbordan. En la esquina de Sonora hay restos fósiles de un poste que está ahí desde mi niñez (y vaya que ya llovió). Amsterdam está, en resumidas cuentas, descuidada. Sin embargo, la amo.

Es quizás una de mis avenidas favoritas. Una de las más hermosas de la ciudad, sin duda. Dicen que alguna vez fue un hipódromo, de ahí su peculiar forma que, en palabras de un buen amigo ingeniero, “no va a ninguna parte ni viene de ninguna otra”. Y en eso radica su magia… en atravesarla de un lado a otro o recorrerla en su totalidad, a sabiendas que regresarás al mismo sitio. Es el paseo del eterno retorno.

La conocí de niño: mis padres nos traían a caminar y a comer una rebanada de pastel de la Gran Vía. Estacionábamos el auto e íbamos a jugar al parque México. A ver los patos zambullirse en el lago artificial que está detrás del Foro Lindbergh. Ya pasaron tres décadas y veo con tranquilidad que los vecinos, pese a la proliferación de restaurantes y demás, no han dejado que la zona decaiga. La avenida está más arbolada, más verde que nunca. Y a todas horas se ve gente apersonándose en todos sus rincones. Haciendo ejercicio, paseando al perro, leyendo en sus bancas, tomando fotos, esperando a que llegue el tan anhelado amor de su vida, discutiendo, rompiendo corazones, estructurando un futuro, añorando un pasado…

Los usos y costumbres de Amsterdam no han cambiado mucho en los más de cien años que tiene de vida. Es cierto que el tiempo hace estragos, es cierto que la reminiscencia del pasado es de gran peso pero, en este caso, Amsterdam es como esas viejitas elegantes y olorosas, peinadas de salón y que envejecen dignamente. La abuelita que todos queremos tener.

¿Por qué no conservamos así a las demás ancianitas? ¿Por qué no hacemos de todas las calles ese espacio sano de convivencia que tenemos en esta hermosa avenida? Más viejitas adorables, menos ancianas olvidadas en un desvencijado asilo…

Escribe:

Polo Silberman
Historiador especializado en política y milicia en México en el siglo XIX, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor, conferencista y trendexpert. Tiene un hermoso gato gris de nombre Gedovius y uno más, negro y bello como la noche, de nombre Poe. Es 100% Géminis, adicto al café y a la cocacola y vive en el Centro Histórico con la mujer de su vida. Es el director editorial de APOLORAMA.

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