Combustión onírica (Narcolepsia LIII)

Por Isaac Martínez Urbano / @haitienllamas

Volteo al Universo y veo mi ser en llamas. Desde que era niño me es manifiesta esa visión etérea que hasta hoy comprendo. Una bola de fuego atravesaba nuestra casa, todas las noches la esfera incandescente tocaba a mi ventana como una invitación para salir a jugar. Su tránsito era lento y taciturno. Al principio me llenaba de terror pero con el tiempo fue tan familiar verla como a la luna misma.

Mi familia se esmeró en confundirme con miedo, decían que era una bruja deseosa de probar mi esencia de infante. Mis amigos, en una actitud más arriesgada, decían que de ser una bruja podría perseguirla y la encerrarla en el frasquito donde solíamos atrapar luciérnagas. Decidí esperar confiando en que el fuego y yo sabríamos qué hacer el uno con el otro, a su tiempo. Conforme al paso de los días y los años, se hacía más grande en fulgor y en tamaño. Hasta que un día desapareció.

Cuanto la extrañaba. En las fogatas de día de campo veía las flamas con suma nostalgia, deseaba que regresara a mí. En los semáforos envidiaba a los tragafuegos, que sentían la cercanía de esos sublimes soles minúsculos. La añoranza me desbordaba. Si alguien encendía un cerillo pensaba en ella, si mamá cocinaba pensaba en ella mientras veía el azul apático de la lumbre en la estufa, si amanecía radiante y el resplandor entraba a despertarme pensaba en ella.

Era tal mi obsesión que llegada la adolescencia comencé a fumar, para probar que no solo recordándola iba a regresar, de una manera u otra, y a través de un ritual, volvería a mí. Lo hacía en la azotea por las noches, nada se comparaba al placer de ver la punta del cigarro incandescente y apacible. El gozo se completaba con las luces de la ciudad: naranjas, escarlatas, ámbar, doradas, amarillas, rojas, carmesí. Y la ciudad me sedujo, me entregué a su deseo áureo. Me entregué a sus vértices, a su centro, a sus cubos, a sus polígonos, a su paganismo geométrico y a cualquier forma de su bendita demencia.

Sonámbulo por el tabaco y el alcohol recorría las calles mientras observaba con atención los faros de los autos que viajaban con suavidad, su delicadeza plasmaba el reflejo de su movimiento en el asfalto mojado. Tomando siempre el camino largo a casa. Coleccioné situaciones, emociones, labios de otros hombres, bacanales sin fin, palabras de Dioses, letras de condenados, imágenes inverosímiles y botellas de cerveza sin fondo, hasta que por fin llegó el momento anhelado.

En medio de una danza electrónica mi pecho comenzó a retumbar, emitió una luz extraña y comenzó a arder. Sin detener el baile algo se desprendió en mi interior, una epifanía de colores se inició.

Era ella

Era mi lumbre

Era mi fuego

Era yo, yo era mis llamas.

 

Se movía como un satélite alrededor de mí, la esfera sí era una bruja, era el minúsculo sol de los tragafuegos, era la fogata de los días de campo y era las luciérnagas que cazábamos.

Pero sobretodo era mi espíritu, la manifestación de mi alma que de niño me llamaba de manera tímida y ahora me desbordaba amenazando calcinar todo.

Vivir en combustión modifica la realidad. Incinerado el corazón, qué puede desear ¿bombeará cenizas por las venas de un atormentado?, ¿acaso reclamará al portador un romance apasionado en un callejón oscuro? Incinerado el corazón, qué podrá pedir sino un instante de paz flotando en un río helado. Incinerada el alma qué puede soñar ¿cómo podrá encontrar regocijo en tu mirada? Mírame. Extinto mi cuerpo ¿cómo retozará contigo en los Balcanes?, ¿cómo bailaran tango, tu cuerpo y el mío, en Buenos Aires? Mírame, contémplame en llamas y entrégate al fuego también.

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Haití En Llamas
Internacionalista // Codificador de la realidad // transcribe el entorno y lo transforma en estética lírica // profesional dancer // soy un gran chico 😉

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