Bellos recuerdos habitan la mente de Lucrecia, fotografías imperecederas de Puerto Vallarta. Juega  n tranquilos en la parte de su infancia que decidió no borrar, aniquiló la otra parte por simple higiene mental. No hay días más placenteros para ella que los que ocupa en recordar las playas doradas de Jalisco, extensiones de tierra granulada que se mezclan en el horizonte con el cielo reflejando apaciblemente el sol de verano.

Llega a casa del hospital, dobla su impecable uniforme de enfermera, elimina cualquier residuo carmesí de sangre o amarillento de bilis impregnado en su calzado. Arrellanada en su sillón favorito abre el álbum fotográfico de sus memorias en su cabeza al compás del silencio. Las vive otra vez.

Su rosto irradia bondad al evocar el reflejo del sol, sus oídos rebozan decibeles al rememorar el murmullo de las aves, sus ojos pierden órbita si piensa en el fin del mar. Su viaje introspectivo culmina en el vaivén amoroso de sus padres, cada uno la toma de una mano y la arrullan haciéndole columpio. Que tranquilidad. En su departamento monocromático movía los pies como queriendo alcanzar sus preciadas memorias.

En suma, Lucrecia pierde el control citadino de su cuerpo y mente para entregarse a la silvestre adicción de Vallarta.

Sobresaltada se despierta, ¿cómo una Señora -se pregunta- entrada en edad puede permitirse un estado tan alterado? No, ya no está para esas cosas. Vuelve a su cama a dormir sin soñar, pues claro, cómo una señora entrada en edad va a perder el control en el pantanoso inconsciente.

Rutina y más rutina, se levanta, camión, metro, camina 20 minutos, hospital. Checar asignación, atender niños, aplicar sueros, sentir la mirada del jefe de piso taladrando su útero. Lavar sábanas después de un parto, limpiar vómitos, cerrar los ojos de un muerto. Lo de siempre. “Que transcurran los siglos –afirmaba- yo seguiré limpiando placentas hasta el final de los tiempos”. Rutina y más rutina, miserable Lucrecia.tumblr_mtspyrUKex1rkmcymo1_500

El día de la enfermera llegó, nada especial, seguro se juntarían todos en la sala principal a fingir que era una ocupación bien apreciada. Éste año sería especial decían sus compañeras: “¡van a rifar un crucero que sale de Puerto Vallarta a Los Cabos y de ahí a California!”. ¡Viva!, ¡bravo!, seguro no se lo ganaría como sucedió con el juego de carpetas, con la cafetera, la licuadora y el maldito televisor. Tomó su abrigo antes de que dijeran el nombre del ganador, le dio una última fumada al cigarro, había cruzado el umbral de salida cuando escuchó: “El ganador es: ¡Lucrecia Vargas Peralta!”. El tumulto de seres uniformados de blanco fue hacia ella, ensordeció con el barullo a su alrededor, sólo veían un montón de labios besándola, brazos que la apretujaban y palabras que alcanzaba a descifrar como: ¡felicidades!

Empacar no fue difícil, todo era blanco en su clóset, con un obsesivo grado de meticulosidad guardó sus blusas, fondos, pantaletas, suéter y medias. Se guardó el monedero en el seno izquierdo y tomó un taxi a la terminal de autobuses. Le dieron dos boletos, ¿para qué quería la persona más solitaria de la ciudad un acompañante? Por fin su racha de mala suerte parecía terminar ¿acaso lo iba a compartir? ¡No señor! Al llegar a la terminal inventó una excusa fantástica que aderezó con un tono sarcástico: “sí oficial, fíjese que veníamos camino acá y se tiró a las vías del metro, ahí en la estación Tacubaya, y yo vine nimodo de perderme el viaje”.

Durmió todo el camino, con esto se podía dar por bien servida, hacía tiempo que no tenía un descanso ininterrumpido por un claxon, el llanto de un niño, un avión o la cumbia del vecino de al lado aguijoneando su cabeza.

tumblr_n3bvtgmvBg1qkvda9o1_500

¡Ah Vallarta -dijo al descender del autobús- cuánto te extrañé! No acabó de espabilarse cuando atacó su olfato un olor a cochambre, parecía que el aire era tan viejo que se oxidaba sólo de entrar por su nariz, pasar por sus pulmones y regresar afuera. “Es algo natural en todas las ciudades en vías de desarrollo”, disculpó la afrenta a sus sentidos.

Instalada en su pulcra habitación de hotel sintió el desgano y el agobio de tanta mesura, ¿para qué había viajado tan lejos si hacía exactamente lo mismo que en la ciudad? ¿No era una muestra de suerte el haberse ganado el viaje? ¿No le parecía lógico que el destino le quisiera decir algo respecto a su monótona vida? ¡Caramba, tenía 35 no 80 años! A la chingada. Se pintó los labios, se delineó los ojos, se ajustó el sostén, se quitó el fondo y dejó libre su pelo ondulado.

“Devórame Vallarta soy tuya”.

“Tus deseos son órdenes” gruñó la ciudad.

Todo había cambiado, no era el mismo malecón de ensueño, ahora parejas de maricones se manoseaban sin pudor. ¿Que no existía la privacidad para estas personas? Un hombre blanco acariciaba el miembro de un costeño, a quince metros se podía ver el glande brillosote del mulato. Qué asco.

Entró a un bar en la playa Punta Mita, no sin antes recorrer con un vistazo la vasta oscuridad del mar. Ahí había caminado con sus padres hace años, hoy era un centro privado de libertinaje. Entró y al instante la golpeó un enervante olor a marihuana, en otras circunstancias saldría huyendo, pero eso sería algo que haría comúnmente; estaba aquí para dar un vuelco. Si regresaba no sería la misma, si regresaba no sería Lucrecia la enfermera.

Todo parecía mórbido y obsceno adentro: las luces neón producían migraña, Dios guarde la hora en que entre un fotosensible, se arrepentiría el resto de su vida. Las suripantas esparcidas por el lugar daban lástima, tres güilas en una mesa fumaban lánguidamente, dos putas más esperaban en la puerta del baño, una stripper danzaba un rito sepulcral en lugar de abrir sus entrañas y voltearse por la vagina. Y no es que Lucrecia supiera mucho de esos lugares, pero caray, la tele nos enseña cosas.

Dos bigotones se sentaron en la mesa con ella. Uno era Héctor, lanchero estrella de la localidad y otro era Luis, salvavidas atlético con cuerpo esbelto de guachinango platinado.

1 tequila. Y cómo no iba a beber tequila si era el estado que manaba de sus entrañas el néctar del maguey, es más – dijo apresurada al mesero- démelo doble faltaba menos. Todos fueron dobles.

2 tequilas. ¿No gustaba bailar la señorita? Claro que sí, le respondió, a sabiendas de que Héctor seguro le pondría las manos en las nalgas mientras el otro se masturbaba mentalmente desde la mesa. Total, no lo hacía todos los días.

3 tequilas. Ellos estaban invitados cuando quisieran a la capital, nombre si no fuera por la gente, la delincuencia y la contaminación el Distrito sería el paraíso. Y si se les ofrecía algún remedio ella estaba a sus órdenes mientras se hospedara en Vallarta. Extrañamente sentía los pezones vivos.

4 tequilas. ¿No gustaba Lucrecia una chelita para variarle? Claro que sí, una de barril para que pegue sabroso, carcajeó como no lo hacía hace tiempo. Qué calor se sentía en el lugar.

5 tequilas. Venir a Jalisco y no bailar banda es como ir al baño sin echarse pedos, dijo Luis que hasta ese momento había permanecido como tumba. Y así lo hicieron, el cuerpo de guachinango se convirtió en una temible orca, con sus aletas le apretujaba la cintura y obedecía todo lo que sus ojos de mamífero le ordenaban. Voló Lucrecia por los cielos, abrió las piernas, los brincos liberaron sus senos del yugo civilizado del brasier; su piel erógena eyaculaba sudor cada segundo.

6 y 7 tequilas. Necesitaba ir al sanitario a tomar aire. Cuando se está borracho el baño funciona como una especie de cápsula atemporal, todo afuera se escucha lejano, adentro las cosas transcurren más lento, la conciencia se vuelve más lenta. Sería mejor regresar.

8 tequilas. ¡Nombre si ya los comenzaba a querer!, uno le recordaba a su tío Juan de Puebla y el otro a un ex novio de la preparatoria. Cuánto los quería, cuánto los echaba de menos ¡salud!

9 tequilas. El presidente era un pendejo –sentenció Lucrecia- el gobernador de Jalisco era un pendejo, Hitler había sido un pendejo, Marx fue un hippie pendejo, María Félix había sido una puta y pendeja, Silvia Pinal había sido, es y será un pendeja.

10 tequilas. En la pista se besaba con Héctor ¿o era acaso Luis? No importaba el otro llegó después por detrás, la sensación de plenitud la llenó de éxtasis. Se besaron los tres y mutó: pasó de Lucrecia a líquido, de líquido a magma, de magma a mineral, de mineral a gas, de gas a meteorito, de meteorito a faisán, de faisán a gorila, de gorila a víbora, de víbora a sirena, de sirena a Lucrecia, de Lucrecia a hombre, de hombre a marinero y todo se detuvo en marinero.

11 tequilas. Tres hombres se sentaron en la mesa, besándose, tres machos mal hablados, de esos que sustituyen la palabra vagina por “panocha”. De esos que se rascan los huevos cada minuto y se los despegan de las piernas sin pudor.

12 tequilas. El marinero reía por cualquier cosa y escupía haciendo malabares, alternaba los pellizcos en las sentaderas de las meseras con la lengua de Héctor. Su mano derecha estaba en el abdomen de Luis y la izquierda en su vaso rebosante de alcohol.

13 tequilas. El sol despuntaba y la conciencia regresó al marinero. Debía embarcarse y llegar al otro lado del mundo. A la manera de un vikingo agarró dos ficheras de la cintura y se las echó al hombro. Salió maldiciendo y cantando vulgaridades indescifrables.

El amanecer lo cubrió a orillas del mar, no regresaría como enfermera a la ciudad, jamás. Vagaría en un bote por los siete mares, llegaría al centro de su ser cada noche. Viviría cazando calamares gigantes, luchando con tritones y divirtiéndose con su séquito de adonis liberados de las profundidades marinas.

Prometió no volver a Ítaca de la forma en la salió, y lo cumplió, la palabra de un marinero jamás se pone en dudatumblr_n5mftbxLcu1s9o5z2o1_500

Escribe:

Haití En Llamas
Internacionalista // Codificador de la realidad // transcribe el entorno y lo transforma en estética lírica // profesional dancer // soy un gran chico 😉

¿Qué tienes que decirnos?

comentarios