Papá y mamá están a salvo.

Sus secretos les pertenecen. No conciben a la privacidad como un privilegio relativo y la idea de transparentar sus vidas, más que atractiva, resulta escandalizante.

Para su generación, practicar el voyeurismo requería de logísticas sofisticadas más allá de encender la computadora y revisar, como parte de la rutina diaria, unos cuantos perfiles.

Los que vinieron después tienen otra lógica. Señoras y señores, con ustedes la generación Y: la que no tiene miedo a nada, sobre todo si se trata de exhibirse.

Las redes sociales abrieron los límites de la privacidad y azuzaron los ímpetus de stalkear o ser stalkeado. Nuestra camada se preocupa por ser genuina, antes que por ser políticamente correcta; por debatir, antes que por complacer. Se muestra tal y como es- #sinfiltros- para asegurarse de que su palabra sea definitiva.

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Y sin embargo, ¿qué va a pasar si nuestros hijos tienen acceso a las cuentas de Twitter que tan despreocupadamente nutrimos de reflexiones, tonterías y mensajes pasivo agresivos? A los videos vergonzosos en Youtube, las selfies comprometedoras, o los paseos por Grindr, Tinder y demás aplicaciones por venir.  O más bien, ¿qué va a pasar si no queremos que vean algo de esto?

Uno de los problemas con las nuevas tecnologías es que han convertido al pasado en un tiempo siempre vigente. Tal como en las películas de ciencia ficción, el internet es un cerebro grandísimo que cumple la antinatural tarea de recordarlo absolutamente todo. Y cuando la memoria es tan persistente, los errores calan más hondo.

Esta es una preocupación que comparten miles de usuarios alrededor del mundo: en qué momento el usuario deja de ser dueño de su imagen y se vuelve parte de un capital en red, disponible para cualquier sujeto, en cualquier lugar del mundo.

Así, el rastro de migajas digitales que inevitablemente dejamos a nuestro paso con el uso de redes sociales y el almacenamiento de información en buscadores, ha propiciado que se hable del derecho al olvido, o la posibilidad de erradicar completamente nuestra identidad del ciberespacio.

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Quienes discuten acerca de este tema coinciden en que es complicado controlar lo que se mueve en internet, pues no hay manera de acotar lo que otros usuarios hagan con la información, como descargarla, viralizarla o copiarla. Además de que, al ser un espacio libre, están en su derecho de hacerlo. En otras palabras: la censura no tiene cabida. Y la regulación sigue discutiéndose sobre todo en países de primer mundo, dada la apremiante necesidad de establecer reglas homogéneas que no estén limitadas a territorios o gobiernos determinados.

Incluso en México ya hay leyes cuyo interés es la protección de datos, básicamente para evitar el mal uso por parte de las empresas, pero se quedan cortas en cuanto a salvaguardar la decisión de estar o no por parte del usuario.

Quien abre una red social, un blog, o simplemente comenta una noticia debería tener el poder de arrepentirse y bajar el switch cuando le dé la gana. Tal como ocurre en el mundo real, volver a empezar es una forma de recuperar la salud mental.

Por eso más valdría emparejar las puertas. No vaya a ser que algún indeseable venga a destapar las antiguas vergüenzas.

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Imágenes: Shutterstock

Escribe:

Anabel Casillas
Mechuda. Escritora. Lectora voraz. Sigue hormigas y lee cuentos con dibujos. Nerudea. Alada y coqueta. Excéntrica, rara, estrambótica: muy a la Anabelé.

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