Había olvidado qué es rebosar de vida, no sólo estar completo sino sentirme tan grande que podría estallar en pedazos.  Antes  me preguntaban cuál era mi molestia. Enmudecía al no tener una sola palabra al respecto, hoy puedo responder: caí embelesado por un fantasma.

Imagínate encerrado en un lugar que es totalmente oscuro donde no entra el aire ni la luz, donde no hay sonido ni eco. Es cierto, tienes vida y estás entero, pero es perturbador estar en la humedad de la incertidumbre pasional, ¡qué estado más sofocante! Héctor no es un hombre, es un fantasma.

 Sentía la hostilidad de la claustrofobia, no lo soportaba; hubiera desbordado mi sangre si hubiese sido necesario. Era el lugar más ajeno a mi alma y espíritu. “No me siento dueño de esta piel, me desagradan estos huesos”. En suma, me odiaba: “¡ésta caja de tortura no puede ser mi cuerpo!” Pero mi molestia ya no era ligera, ¿verdad?

 La luna que hoy nos ilumina es bella, ¿no crees? La noche fue mi acompañante incondicional mientras tu ausencia me azotaba, no pude haber elegido mejor: la luna a cambio de la gente -despreciable multitud que satura la belleza de todo paisaje. Esa multitud egoísta es basura en comparación del satélite acompañante de la Tierra.

 Recuerdo cómo escaneaba con mis ojos impenetrables cada recoveco, cada protuberancia de esa inmensa lámpara esterilizada. Muchas leyendas hablan de un conejo en ella, otras dicen que en el origen de los tiempos trajo como esporas a seres vivos, yo creo que hace un esfuerzo inmenso para no abandonarnos.

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 ¿Qué haríamos sin la Luna? Ella hace que los mares pierdan límites e inunden la Tierra que antes les pertenecía, el hombre está hecho en gran parte por agua. El líquido en el cuerpo humano siente el llamado del celador en el cielo, algunos creen que la gente se enamora febrilmente  por las noches; tal vez por eso desborda clubes y bares, en busca del amor.

 Yo salía por las noches para beber sin control, el alcohol no detiene el tiempo pero ayuda a que éste pase. Renuncié al agua en mí y la cambié por ingestas monumentales de cerveza. Nunca rompas el corazón de alguien en luna llena.

 En algún momento dentro de la desesperación que sufría por ti, consulté a un sabio arcaico que pasaba por la ciudad, traía medicinas que había preparado en el mismo infierno. Anunciaba  tés de plantas que la Amazonia había rechazado por su inmunda reacción psicotrópica, prometía ayudar a olvidar. Se instaló en el baldío frente a mi casa, la pestilencia de sopas prehistóricas me ahogaba en el adormecimiento del medio día. Desde mi ventana veía la fila inmensa de consultantes –todos padecían una enfermedad de amor–, me sorprendió ver que la mayoría eran muy jóvenes.

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 Tomé valor para asistir cuando me percaté que salían felices, parecían resolver sus quejas con brebajes embrionarios, ¿qué podía perder si tú estabas lejos? Avancé entre gemidos y almas abatidas que miraban al suelo con el semblante derrotado, yo no era muy diferente pero conservaba fe en el amor.

 Al entrar en la carpa del visionario se podían sentir los espíritus de la selva, esperaba sentado en un tronco mientras jaguares pesados que reposaban en ramas me miraban fijamente. Su consultorio era un paraíso traído desde el Sur de América, con ríos, árboles gigantescos y animales metálicos.

 Tuve que tomar un segundo para recordar mi angustia cuando tuve enfrente al sabio, su piel era corteza de árboles milenarios y algo parecido a hojas frescas era el aroma de su respiración. Me vio fijamente, pronunció unas palabras indescifrables, tomó unos minerales, arrancó unas hojas y mezcló todo haciendo una pomada rosa. La untó en mi cuello y descendió a mí una felicidad inmensurable; salí flotando.

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 Desvié mi camino hacia las calles más iluminadas del barrio, de los burdeles salían hombres briagos, de las cervecerías mujeres toscas. Los anuncios fluorescentes  me cubrieron por completo. Volaba, más y más glorioso. Amanecí boca arriba en una banca del parque. No me sentí mejor respecto a la pérdida pero descubrí cosas dentro de mí; vibré en una frecuencia mayor a la común. La resaca y la luz del día no mitigan la desolación que agudiza la distancia que nos subyuga.

 Por mis venas corren sustancias alucinantes y alcohol -dijo Fernando-  además de la completa felicidad de estar contigo al fin, juntos, amor.

 Seré eternamente tuyo. Le concedo mi tiempo y voz a él; a Héctor. Otorgo el orden de mis pensamientos y conciencia al azar; yo Fernando me desboco a la demencia narrativa.

 Héctor toma fuertemente las manos del hombre que lo esperó paciente, sostenido por la promesa de su cariño incondicional y eterno. Después de escuchar los acontecimientos que los llevaron a estar frente a frente, tuvo la certeza de querer pasar lo que durara la vida con él. Ya no importaba la inseguridad que sentía al principio, imperaba la confianza en éste que le miraba con ojos profundos, ojos que no reflejaban la luz de la noche.

 La promesa se cumplió y nada podía truncar su compañía, decir que se querían era menoscabar la pureza de sus corazones. Hablaron por mucho tiempo; dentro del intercambio, desnudaron su honestidad y mostraron su dulzura. Cuando el amanecer hostigaba su intimidad nocturna, culminó su ceremonia.

 El mundo enmudeció por un instante y ellos unieron sus labios. Se besaron y descargas de electricidad encendieron la pólvora mojada que yacía en sus pies, ocurrió una detonación pirotécnica que los elevó. Volaron como un cohete malhumorado que hace añicos la gravedad. Continuaban unidos cuando estallaron fuera de la atmósfera y continuaron así mientras la  combustión los llevó fuera de órbita. Sin miedo abandonaron su pasado, se arriesgaron a concebir una historia fascinante. Esquivaron aerolitos. Pasaron un planeta. Héctor se percató del viaje interplanetario,  con un empujón violento pegó a Fernando en la superficie cómoda de Júpiter.

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Perplejo, Fernando se apartó de él para reconocer el hecho de pisar una esfera gigantesca, y dijo mirando hacia arriba: “Me aterraba la idea de la Luna muerta”.  “Muéstrame los límites de tu pasión”, dijo Héctor mientras tomaba fuerte su mano. “Aquí no hay fronteras que nos aparten; me aterraba la idea de vivir sin luna, pero tú, tú me has prendido a Júpiter que tiene una decena de satélites -rodaron dos lágrimas de felicidad por el rostro gentil de Fernando- globos turquesa, marino, morados; ahora puedo ver 7 u 8 lunas a cualquier hora”. Recostados y pacíficos se cortejaron en la soledad de la creación.

 Cada uno develó su esencia. Mostraron sin pudor sus cajas de Pandora, esos defectos que pudieron haber mutilado su amor; pero ahí, lejos de los conceptos humanos no había nada que empañara su plenitud. Habían escapado de cualquier atadura, demostraron que no existe mayor triunfo en la vida que elegir el amor como móvil de todos los actos. “¿Te quedarás conmigo hasta que empiece el próximo eclipse?”, dijo Héctor extasiado por su enlace que exigía un esfuerzo mayor para no salir disparados hacia la nada. “Por supuesto… estaré aquí -contestó Fernando en su oído- para cobijarte, acompañarte y ver tu sonrisa perlada. Todo si me dices: seré eternamente tuyo”.

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Haití En Llamas
Internacionalista // Codificador de la realidad // transcribe el entorno y lo transforma en estética lírica // profesional dancer // soy un gran chico 😉

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