Las primeras escenas de la serie Orange is the new Black parecían anunciar una premisa básica: íbamos a ver tetas. Grandes, chiquitas, caídas; agarradas o sin agarrar; de pezones tímidos o impúdicamente altivos. El catálogo estaba abierto.

Y vimos unas cuantas, sin duda, pero eso no fue lo importante.

Piper Chapman, la protagonista de la historia, entra a prisión para pagar un crimen que cometió en su etapa universitaria: transportar droga para su novia, la narcotraficante Alex Vause. Ahora, en un momento clave de estabilidad, cuando planea casarse y mantener una vida convencional, deberá hacer un alto de 18 meses en un lugar indiferente a su burguesía. Dicho de otra forma, la chica rubia ha salido de su hábitat natural y deberá sobrevivir a ello.

La cárcel se nos revela a través de la mirada de Chapman como un microcosmos con las complejidades más obvias: el abuso de autoridad, el temor, la homosexualidad, las trampas y venganzas, la corrupción, la soledad, etcétera. Y en medio de esta vorágine que no sabe de modales ni de posiciones sociales, la protagonista tendrá que pasar por el difícil proceso de reconstruirse en el inhóspito espacio del aislamiento.

¿Quién es finalmente Piper Chapman y por qué tenía que elegir una vida fuera de los límites de la ley? ¿Acertó o no ha dejado de equivocarse? ¿Su novio es el hombre ideal o prefiere reavivar el romance y la incertidumbre con Vause? ¿Es realmente lesbiana o los barrotes la desquician? ¿Es válido atacar o es preferible mantenerse ecuánime ante el peligro?

Sin embargo, los conflictos morales y sexuales de Piper siguen sin ser lo verdaderamente importante, a pesar de que desde aquí comienza a cobrar sentido el tiempo dedicado al televisor.

Lo que le da riqueza a la serie es el desfile de personajes secundarios que, si bien resultan profundamente arquetípicos, van dándose a conocer a través de sus historias personales presentadas a manera de flashbacks. Así, los espectadores somos testigos de un ejercicio de storytelling que difícilmente puede hallarse en otra sitcom, pues no sólo nos dice qué llevó a estas mujeres a la cárcel sino que profundiza en el aspecto más humano y sensible de sus experiencias.

Según este estudio realizado por Sara Makowski en 1995, “Identidad y subjetividad en cárceles de mujeres,  toda sentenciada se ve en la necesidad de formar parte de algún grupo que le permita entenderse, establecer diferencias con las otras presas y, finalmente, sobrellevar el encierro. La ruptura de la vida cotidiana es lo que las obliga a buscar nuevas experiencias que reafirmen su identidad, es decir, en la serie las vemos como si fueran grupos tribales: las latinas, las asiáticas, las afroamericanas, las homosexuales, las religiosas, las adictas, las asesinas e incluso las marginadas; pero es así como desempeñan un rol que le da sentido a la condena.

Por ejemplo, Red es una cocinera rusa y despiadada que está encerrada a causa de colaborar con la mafia, pero se mantiene medianamente cuerda a través de asumir su papel de alimentar diariamente a las reclusas y de fungir como la madre de algunas cuantas. O Pennsatucky, la detestable fanática religiosa, que encuentra en la idea de pastorear un rebaño de feligreses una forma de explicarse la existencia (sin eso, no le queda nada). Pornstache es el policía que intimida a las presas y se beneficia vendiendo droga, pero al final nos deja ver que lo único que necesita es que lo escuchen para sentirse aceptado.

No hay buenos ni malos, hay personas. Este nuevo estilo que se ha repetido en muchas de las series actuales (con Breaking Bad como ejemplo perfecto), renuncia a maniqueísmos proporcionando figuras que se vuelven entrañables en la medida en que son más reales.

La serie que- junto con House of Cards– ha distinguido a Netflix se vuelve valiosa porque brinda a sus personajes un desafío común, que no es para nada menor: enfrentarse al pasado. Evidentemente muchas parecen marcadas por el determinismo que las llevará a reincidir, pero aún así la lucha más intensa sucede en los retazos de los recuerdos del exterior en contraposición con lo que ocurre en la cárcel. Lo que fui vs. Lo que tengo que ser ahora.

El brinco a la segunda temporada se da en este tenor. Comienza a cerrar algunas historias, pero nos obliga a ahondar en los cambios que transforman a estas mujeres. Al verlas más allá de su crimen para concentrarnos en sus errores, tristezas, anhelos. Esto no deja de ser un drama pero presentado con un buen grado de acidez y humor negro, claves para el éxito que ha tenido la serie a nivel internacional.

Tal como el intro, musicalizado con la bella voz de Regina Spektor, Orange is the new black es un sinfín de rostros diversos. Al principio no sabemos quiénes son ni porque los vemos, pero poco a poco nos vamos encariñando. Y esa es la razón que nos hace querer quedarnos tras las rejas una temporada más: nos gustan las historias. Las lesbianas qué.

Escribe:

Anabel Casillas
Mechuda. Escritora. Lectora voraz. Sigue hormigas y lee cuentos con dibujos. Nerudea. Alada y coqueta. Excéntrica, rara, estrambótica: muy a la Anabelé.

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